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¿Acceder?

  • Actualizado: 11 septiembre 2013 /

Al ser arbitrario signo linguístico surgen varios fenómenos, uno es la sinonimia, esto es que un mismo objeto mental puede ser nombrado por varias imágenes acústicas distintas (palabras diferentes). A un mamífero de crin corta, orejas largas, de cuatro patas y que rebuzna le podemos llamar burro, jumento, asno. Otro frnómeno de la arbitrariedad lingüística es la polisemia: varias imágenes mentales pueden ser designadas por una sola imagen acústica; por ejemplo: banco (para sentarse), banco (institución financiera), banco (inventario de datos). Pero habrá que pensar que la sinonimia plantea inconvenientes como es la relación con la elección adecuada de una palabra equivalente a otra, por parte del hablante, de la imagen acústica más conveniente para expresar su pensamiento y la idea que quiere transmitir. Se trata de un inconveniente de designación en que intervienen la costumbre, el lugar, la cultura de los que intervienen en mensaje. Sin embargo, la designación consiste en escoger la palabra que mejor corresponda a un concepto. Tan correcto es decir prostituta como meretriz, ramera, para evocar en el receptor el objeto mental (mujer que vende su cuerpo para satisfacción sexual del comprador); pero otras motivaciones, acaso afectivas, culturales o sociales intervienen en el momento de la designación, para inclinar al hablante por uno u otro de las palabras que conoce; no siempre es posible decirle puta a una prostituta, pues dependerá de donde se encuentre el hablante y también su estado emocional.

Dentro del desarrollo de la sinonimia participa la metaforización, eso de identificar una imagen mental con dos o más imágenes acústicas por alguna relación de significado que tengan, más que todo por estilo que por objetividad. Decir que “Kleymer Baquedano es una flor” no indica que flor es sinónimo de Kleymer Baquedano, se trata nada más de una metáfora. Pero el acercamiento de una palabra con el significado de otra va dando lugar a que sean sinónimos, como es el caso que inquieta a mi viejo amigo Arturo Fernández cuando asegura que “acceder” no es sinónimo de “entrar”. En principio, Arturo tiene razón, pues acceder es aceptar, permitir. La palabra acceder se origina del latín accedere “acercarse”. Pero en su desarrollo semántico tiene varias acepciones, a) Consentir lo que alguien solicita o quiere: “La Osa accedió a que Armando Muñoz la entrevistara”. b) Ceder en el propio parecer: “Tu novia accedió a casarse contigo”. c) Tener acceso a una situación, condición o deseo: “Por mis estudios pude acceder a una vida mejor”. Acaso por cercanía semántica, también acceder es entrar en un lugar o pasar a él: “Para los de clase media es difícil acceder a la Universidad”. O sea, amigo Arturo, que sí es sinónimo relativo acceder de entrar. Lo que es inaudito es pensar que se puede “accesar”, si tal palabra no existe.