03/01/2026
02:19 AM

Cambio de planes

Hace muchos años esperaba un vuelo La Ceiba-Tegucigalpa; el clima estaba odioso y yo, que no soy muy valiente que se diga, a último momento preferí no viajar. El avión se estrelló en una montaña y todos sus ocupantes murieron. Quiero aclarar que no fui el único que no abordó. Dos mujeres y otros tres cobardes como yo nos salvamos.

    Hace muchos años esperaba un vuelo La Ceiba-Tegucigalpa; el clima estaba odioso y yo, que no soy muy valiente que se diga, a último momento preferí no viajar. El avión se estrelló en una montaña y todos sus ocupantes murieron. Quiero aclarar que no fui el único que no abordó. Dos mujeres y otros tres cobardes como yo nos salvamos.

    Algunos de los que también decidieron no tomar ese avión se pusieron una borrachera increíble. Yo dediqué el resto de la larga noche, desde luego que con el cuerpo y los dientes temblando, a meditar sobre la decisión que me salvó la vida.

    Desde entonces y muchas veces me he preguntado lo mismo: ¿si yo hubiera tomado ese vuelo de todas manera se habría estrellado? ¿Hubiera cambiado algo el hecho de que yo, y los otros cobardes, estuviera a bordo?

    ¿Le ha sucedido a usted alguna vez que un cambio de planes de última hora le resulta de enorme trascendencia?

    Es frecuente escuchar historias como 'estaba llegando a casa, a punto de estacionarme, cuando me di cuenta de que tenía poca gasolina, decidí entonces llenar el tanque de una vez en lugar de tener que hacerlo por la mañana, todo sólo para que me chocaran en el camino de regreso'.

    Cosas así son frecuentes y uno se pregunta: ¿qué hubiera sucedido si dejo lo de la gasolina para el día siguiente? ¿Habría chocado de todas maneras? ¿Y qué tal si no pone la gasolina y decide acostarse, pero luego se resbala en el baño y se quiebra un brazo?

    Un cambio de planes aparentemente me salvó la vida; un cambio de planes produce un choque de autos y no cambiarlos, un brazo quebrado. En un caso así, ¿cuál era su destino: chocar o lastimarse el brazo?

    No existe una regla fija en cuanto al resultado de un cambio intempestivo de planes; unas se pueden ganar; otras, perder y también es posible que una gran parte de las veces usted pueda cambiar sus planes sin ninguna consecuencia.

    Creo que esas cosas están ligadas al destino y el destino es infalible.

    ¿Por qué? Pues porque nadie puede saber cuál hubiera sido el resultado, cualquier resultado, de haber tomado una decisión diferente.

    Desde luego que si usted se viste de torero y se mete al ruedo, es previsible que lo embista un toro. Cualquiera sabe perfectamente que ése no era su destino, que usted lo decidió cuando se puso el traje de luces.

    Lo que voy a contar es cierto, lo juro: una amiga acababa de comprar un carro de paquete, iba de la agencia para la casa completamente feliz y radiante; a la orilla del camino detectó a una pequeña cabra, sí, un animal, una cabrita; pensó que alguien la atropellaría y decidió salvarla. La recogió y la puso en el asiento de atrás y se sintió satisfecha de su buena acción.

    Ya de nuevo en la carretera vio que la cabra estaba mordiendo los asientos y que aparte de eso había hecho sus necesidades en la alfombra del carro. Se dio vuelta para tratar de halarla y que no le siguiera rompiendo el asiento, al quitar la vista del camino perdió el control y fue a estrellarse con un carro que venía en dirección opuesta, para colmo de males, una patrulla.

    El nuevo carro, chocado y hediondo; los asientos, rotos… ¿se puede llamar destino a eso?

    Y en el caso de mi vuelo, ¿fue destino o qué?

    Nunca lo podré saber; lo único seguro es que cambié de planes y estoy vivo.