El fotógrafo estadounidense Marc Asnin ha recopilado los testimonios finales de los 518 presos ejecutados en el estado de Texas (EUA) entre 1982 y 2014 en un libro que lleva por título 'Últimas palabras' ('Final Words').
Las últimas palabras son un derecho que tienen todos los presos que van a morir antes de recibir la inyección que les arrebata la vida, una declaración que escuchan los testigos presentes en la ejecución y que luego se recoge en el certificado de defunción, junto a la hora de la muerte.
Algunos presos piden perdón a los allegados de sus víctimas por los crímenes cometidos o insisten en su inocencia, muchos hablan de justicia y casi todos se despiden de su familia y se encomiendan a Dios en ese momento. 'Cuando lees esas últimas palabras te das cuenta de que tienen miedo', dijo el autor del libro.
' Soy un hombre inocente y una equivocación terrible está a punto de suceder. Que Dios les bendiga. Estoy listo', fueron las últimas palabras de Leonel Torres antes de ser ejecutado en mayo de 1993 acusado del asesinato de dos policías, aunque siempre mantuvo que fue su hermano quien cometió el crimen.
Asnin emprendió la aventura de 'Últimas palabras' para proponer una reflexión sobre la conveniencia de la pena de muerte, un castigo anómalo en Occidente, en su opinión: 'Estamos con Irán, China y Corea del Norte. Hacemos lo mismo'.
Otro testimonio que recoge el libro es el de Jermarr Arnold, que fue ejecutado el 16 de enero de 2002 por el asesinato de Christine Sánchez durante un robo. 'A la familia de la señora Sánchez: estoy profundamente apenado por la pérdida de su ser querido. No lo puedo explicar y no tengo respuestas. Solo puedo dar una cosa y la voy a dar hoy: una vida por otra', afirmó Arnold. 'Espero -agregó- que no les quede ningún rencor y que encuentren consuelo en mi ejecución'.
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Henry Porter, también ejecutado en el estado de la estrella solitaria, dijo antes de morir en 1985: 'Me llaman asesino a sangre fría por matar a un hombre que me disparó primero. El único motivo por el que estoy aquí es que yo soy mexicano y él era un oficial de Policía'. 'Ustedes llaman a esto justicia. Es su justicia. La vida de un mexicano no vale nada', añadió Porter.
En Texas aún quedan unos 275 presos en el corredor de la muerte, esperando su cita con el aguacil y el verdugo del penal de Huntsville, a las 6 de la tarde, hora habitual en la que se aplica la pena capital.