Sus análisis políticos y culturales lo destacan en un selecto grupo de expertos en Honduras. Con 17 libros publicados, Juan Ramón Martínez compartió su amor por la literatura y el periodismo, así como la vida en familia.
Se arrepiente de muchas cosas en su larga carrera, principalmente en los eventos que tienen que ver con la política. Su opinión está en todos los medios de comunicación del país, por lo que no niega que influye con sus palabras.
Primero de no haber estudiado inglés; segundo de haber fundado la Democracia Cristiana; tercero de no ser militar, y por último pastor.
Porque los militares llegaron al poder y yo no. Lo de pastor protestante porque tienen mucho éxito, han convertido a la mayor parte de la población y están en comisiones importantes.
Bastante, siempre me gustó trabajar desde joven. Sé hacer zanjos, así comencé en los campos bananeros de la costa norte. En lo que mejor me siento es escribiendo.
Lo reconozco. Me he vuelto analista de los temas de país y me piden opiniones.
En Olanchito, Yoro. Mis primeros años los viví en Coyoles Central, adonde vivían los peones. Nací en 1941. Crecí muy vinculado a los campos bananeros.
Soy maestro de educación primaria y de Ciencias Sociales, además licenciado en Derecho. A los 21 años me vine a Tegucigalpa gracias a una beca. Sabía que tenía que salir de Olanchito y cuando mi “papita” murió me vine.
Al morir mi abuelo me vine, aunque estaba enamorado, no perdidamente, tenía sentido común. Un poco llorando me vine en avión, ella no me fue a despedir al campo de aviación, nadie fue a decirme adiós.
Era un campo de aviación, no un aeropuerto, una cosa abierta que había que espantar las vacas para que el avión aterrizara (risas). Era 1963 cuando cayó el Gobierno de Villeda Morales.
Es una ciudad de la palabra, donde se celebra la conversación, se aplauden los discursos y se celebran las poesías. Se coloca a la cultura en un lugar muy alto.
Fui muy feliz, tuve un padre un poquito extraño. Pese a que vivíamos en los campos bananeros, los únicos que no trabajamos en la finca éramos nosotros, siete hermanos, de los cuales soy el mayor. Todos fuimos a la escuela.
Mi papá no sabía leer ni escribir, pero me dio educación. Él creía que la ruta que me iba a abrir el éxito era la de aprender lo que él no había aprendido.
Una vez me vio jugando pelota, como decía él. Me llamó y me preguntó: “Quién le ha dicho a usted que se va a ganar la vida con las patas”. Tenía como 13 años. Todavía no se conocía el fenómeno de Pelé en esos tiempos y además yo no tenía las virtudes de un gran futbolista.
Soy el presidente de la fundación Clementina Suárez, visitamos muchas casas de la cultura en todo el país, además, disfruto publicar las publicaciones de mis suplementos históricos.
Fue en Choluteca en 1968 con Vicente Williams, Fernando Montes, Alfredo Landaverde, Adán Palacios, entre otros.
Al Partido Liberal, otros eran del Nacional. Nos sentíamos unidos por la obligación de aplicar los principios del Evangelio a la vida política hondureña, cosa en la cual fracasamos estrepitosamente.
Al final quedó convertido en propiedad de Arturo Corrales y de Lucas Aguilera. El partido que hicimos y por el que luchamos desapareció. Pero me dejó cosas buenas, fui candidato a la Presidencia.
Desde que estaba en secundaria hacía mis periódicos y los pegaba en la pared. Muy joven fui administrador del semanario Patria de Olanchito y fundé un programa en Radio Mercurio, era el más popular y escuchado.
No es un trabajo, es un placer. Tengo el programa en la televisión, pero disfruto mucho escribir mis columnas de opinión y el suplemento histórico y cultural. Escribiré hasta que Dios determine lo contrario.
Del negocio familiar con todas las dificultades porque el Gobierno no apoya a los pequeños empresarios. No he pensado en dejar de trabajar porque no tengo derecho a jubilación. Mis hijos eran los del negocio y como se fueron, tengo que manejarlo.
Tenemos muy buena relación. No somos amigos íntimos, pero sí bastante amigos. Somos compañeros y nos respetamos mucho. Lo admiro mucho por todos sus éxitos. Cuando grabamos el programa bromeamos con que yo hablo mucho (risas).
En 1984 que escribí una columna de Gustavo Álvarez Martínez. Él publicó una carta referente a esto. Pocos días después lo capturaron y lo sacaron del país. Me sentí influyente, pero también amenazado.
Sí, hay unos amigos que hasta me quitaron el habla. Un periódico me llamó hasta asesino, me mancharon las paredes de mi casa, pero no me sentí amenazado. Yo lo único que dije es que Manuel Zelaya no respetaba la ley desde mucho antes.
Más que un hijo, cuesta en el caso de nosotros los hombres. Las mujeres cargan a sus hijos, pero para nosotros es un placer. Un libro duele.
Hay que verlo desde el punto de vista jurídico, la decisión de la Corte Suprema no la autoriza. Otra vez vamos a tener un nuevo conflicto. Si se da y participa Juan Orlando Hernández con Manuel Zelaya, voto por el primero porque es más equilibrado, al otro le hace falta un tornillo.
¿Volvió a conversar con Roberto Micheletti?
Sí, varias veces, es muy simpático. Cuando veo la situación que pasa en Venezuela pienso que les falta un Micheletti y un Romeo Vásquez.