La televisión islandesa tiene cosas curiosas. Emite ajedrez en horario estelar para que los telespectadores disfruten de una de sus principales aficiones.
El 9 de diciembre de 2006, dos ajedrecistas disputaban una partida con normalidad hasta que el teléfono del estudio sonó: una voz grave mostró a los espectadores una jugada magistral para acabar en mate la contienda. Era Bobby Fischer, un genio introvertido, que realizó una de sus últimas apariciones públicas. El ajedrecista más grande de todos los tiempos vivía recluido en Reykiavik, olvidado por el resto del mundo, y allí murió el jueves. Tenía 64 años, el número de escaques de un tablero. El país nórdico fue la última parada de una vida brillante en lo deportivo y desgraciada fuera del tablero.
Personalidad
Desordenado, obsesivo, antisemita y maníaco paranoico, Fischer cerró el círculo de su vida en la isla donde logró parar al mundo en agosto de 1972. Neoyorquino de adopción, nació en Chicago el 9 de marzo de 1943, se ganó el derecho de enfrentarse a Boris Spassky, el icono de la Urss en esos momentos. Logró 19 victorias consecutivas, sin tablas, un récord todavía imbatido, y sembró el pánico al otro lado del telón de acero.
El duelo entre las dos potencias se celebró en Islandia. El de San Petersburgo claudicó el 31 de agosto. Fischer ganaba con 7 partidas a su favor, 3 perdidas y 11 tablas. EUA festejaba el entorchado mundial como si hubiera tomado Moscú.
El triunfo fue el inicio del fin para Fischer. No volvió a disputar un duelo oficial y perdió el título en 1975 al no aceptar la Federación Internacional de Ajedrez sus condiciones. Se retiró con 29 años. Después, desapareció del mapa. En 1992 participó en un paripé organizado en Yugoslavia. Un magnate ofreció una bolsa de 3.2 millones de dólares a Spassky y Fischer por enfrentarse en Sveti Stefan y Belgrado. Los dos jugadores aceptaron y Fischer volvió a ganar.
La victoria le salió muy cara. Yugoslavia estaba bajo embargo internacional y EUA consideró que Fischer lo había violado. Su propio Gobierno lo consideró un traidor y lo puso en la lista de fugitivos. Volvió a desaparecer otros 12 años. En 2004 reapareció en el aeropuerto de Tokio, donde fue retenido en el control de pasaportes.
Después de 15 meses de negociaciones entre las autoridades niponas, estadounidenses e islandesas, Fischer fue entregado al gobierno europeo bajo la condición de que nunca sería extraditado. Islandia cumplió, le dio la nacionalidad y le dejó en paz.