02/01/2026
10:47 PM

La mujer de Hato de Enmedio

La leyenda de Hato de Enmedio de Jorge Montenegro.

    Así se llama una colonia de la capital de Honduras y fue ahí precisamente donde ocurrieron cosas insólitas en una casa recién construida.

    Amanda Membreño Ruiz compró un lote de terreno en la citada colonia a fin de construir una vivienda para su hijo Danilo Calderón. El ingeniero encargado de la obra hizo los cálculos del primer material que se compraría, ladrillo, cemento, piedra de cantera, varilla de hierro, dos carretas, alambre de amarre y todo lo necesario para comenzar la edificación. Los albañiles hicieron las bases de la casa y comenzaron a levantar las paredes, hasta ahí todo iba normal.

    Cuando las paredes fueron levantadas se procedió a la construcción del techo y por el bajo presupuesto de doña Amanda únicamente dejó trabajando a un albañil y su ayudante. Faltaba el repello y la instalación del ladrillo del piso, don Rómulo, que así se llamaba el albañil, le dijo a su ayudante: “Ya está la mezcla, agarrá la carreta y comenzá a pasarme un poco para comenzar el repello”.

    El muchacho hizo lo que se le ordenaba, el albañil subido en un andamio inició la tarea, el ayudante le dejó la carreta en el sitio donde la necesitaba y salió a remover la mezcla fuera de la casa.

    “Hey vos cipote, ¿para qué te llevaste la carreta?”. El ayudante escuchó la voz del albañil y regresó a la casa, la carreta no estaba en el lugar en el que él la había puesto, la buscó y la encontró en otro cuarto, haciéndose muchas preguntas mentalmente.

    De nuevo llevó la carreta bajo el andamio. -“Aquí está la mezcla don Rómulo”. -¿Para qué te llevaste la carreta muchacho loco? Me ves trabajando y te la llevas”.

    El ayudante, intrigado, respondió: “Yo estaba moviendo la mezcla allá afuera, ¿no sería usted quien se la llevó al otro cuarto?”.
    Don Rómulo no dijo nada y siguió con la labor del repello.

    Poco después el albañil salió furioso de la casa: “Mirá cipote jodido, conmigo no vas a jugar, deja de estar escondiendo la carreta con la mezcla si no querés que te quite la chamba”. El muchacho, más intrigado aún, dijo: “Pero don Rómulo, si yo estoy aquí, ¿cómo voy a esconder la carreta? ¿No será que padece de olvido y me está echando la culpa?”.

    El señor buscó la carreta y él mismo la colocó debajo del andamio donde trabajaba sin decir nada, había subido dos ladrillos sobre la mezcla y siguió con su labor.

    Cuando se bajó del andamio para subir un ladrillo se dio cuenta de que los ladrillos no estaban sobre la carreta, nuevamente montó en cólera y se fue directo donde estaba el ayudante.

    “Mirá, vos ya jodiste con tus bromas. ¿Por qué me fuiste a quitar los ladrillos de la carreta?”.

    El joven albañil se rió y le dijo: “Don Rómulo yo creo que usted está botando aceite. ¿Cuáles ladrillos?”.
    Para no discutir don Rómulo regresó al andamio y con sorpresa vio que la carreta no estaba donde él la había dejado. “Dios mío, esto es cosa del diablo”, exclamó.

    Al día siguiente don Rómulo y su ayudante no llegaron a trabajar, ambos se enfermaron y la dueña de la casa, para acelerar el trabajo, contrató a varios hombres que en poco tiempo finalizaron la construcción.

    Un mes después llegaron los primeros inquilinos que se instalaron con todas las comodidades. La señora se vio obligada a alquilarla porque a su hijo Danilo no le gustó vivir en el Hato de Enmedio.

    Doña Rosa Almendárez se pasó a vivir con su esposo y sus dos hijas, una de cuatro años y a otra de seis; una semana después la niña pequeña le dijo a su mamá que en la sala estaba una señora que no la conocía. Doña Rosa fue a ver y no encontró a nadie y pensó que la imaginación de la pequeña la hacía ver cosas. Cuando llegó la noche, la niña de seis años se metió al cuarto de los papás diciendo que una señora no la dejaba dormir. Don Carlos, que así se llamaba el padre, se levantó a ver y no había nadie;, igual que en el primer caso, pensó que su hija está imaginando cosas.

    Al día siguiente doña Rosa estaba barriendo la sala cuando sonó el porrón en la estufa, fue a ver y tuvo una duda: no estaba segura si ella lo había colocado y encendido la estufa. Siguió con su labor de asear la casa y de pronto escuchó de nuevo que sonaba el porrón, esta vez sí sintió que un frío terrible la estremecía, pues se había asegurado de haber apagado la estufa y de haber quitado el porrón de la hornilla.

    Llamó a don Carlos por teléfono y le contó lo sucedido, él, por su parte, sintió una inquietud inexplicable después de la llamada. Doña Rosa le dijo a sus hijas que no se separaran de ella mientras llegaba su papá y las niñas le dijeron que habían visto a la señora vestida de blanco en la cocina. Cuando llegó don Carlos, platicó con su esposa sobre los extraños sucesos que los mantenían bajo la sombra del terror. Sin embargo, el hombre era de esos que no dejaban que las cosas empeoraran, fue a la pulpería y comenzó a preguntar si habían escuchado algo de la casa que él alquilaba.

    El propietario del negocio manifestó que los albañiles que la construyeron tuvieron que salir huyendo porque ahí asustaban, explicó que antes de que edificaran esa casa, en el solar habían enterrado un feto. Aconteció que una joven de 25 años abortó, se sacó el niño a la fuerza y ese mismo día se murió, sus familiares enterraron el feto en el solar baldío donde con el tiempo construyeron la casa. Seguramente se trataba de la mujer que iba en busca de su hijo.

    Con aquellas explicaciones don Carlos fue en busca de un sacerdote, llamaron a varias personas, se bendijo la casa, se pidió perdón para la mujer por haber cometido aquel acto criminal y se rezó un rosario.

    Desde aquella ocasión no se volvieron a escuchar ruidos ni a ver a la mujer rondando la casa. Posteriormente un conocido periodista de la capital alquiló esa casa y dijo que jamás sintió nada en ella, ni pasos ni entrañas presencias.