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La Compañía

  • Actualizado: 29 noviembre 2008 /

Salió de la vegetación para pararse en medio del camino de tierra.

Salió de la vegetación para pararse en medio del camino de tierra. Apenas llevábamos recorridos unos cuantos centenares de metros desde el pueblo de San Juancito hasta las alturas de las montañas y ya se vislumbraba la riqueza natural de este enorme paraje.

El ave nos miró un momento y luego, convencido que no valíamos una segunda mirada, decidió seguir su camino en busca de alguna culebra o ratoncillo que le sirviera de cena.

Más adelante, otro correcaminos y una guatuza, salieron a saludarnos en nuestro rumbo a El Rosario, el antiguo plantel de The New York and Honduras Rosario Mining Company, a pocos kilómetros de San Juancito, Francisco Morazán.

En 1880, los hermanos Washington y Louis Valentine llegaron a El Rosario para evaluar el potencial de la antigua mina española. Convencidos de su riqueza, compraron los derechos de explotación a Marco Aurelio Soto y su primo, el general Enrique Gutiérrez -aunque ambos primos se quedaron con una buena parte de las acciones de la nueva compañía-. Así surgió el emporio que con el paso del tiempo algunos la llamarían 'La Compañía' y otros, 'La Rosario'

Durante 74 años, la Compañía trabajó en estas montañas. En su mayor apogeo comercial, cerca de 15 mil hombres y mujeres trabajaron en las entrañas de esta tierra hondureña.

Casas, hospitales, tiendas, canchas de tenis y boliche, piscina, la primera planta generadora de energía eléctrica del país y la primera embotelladora de refrescos de Centroamérica -Pepsi- se levantaron de la nada.

Añada tantos caminos dentro y fuera de la montaña, que algunos expertos han calculado que si los túneles interiores fueran extendidos en línea recta, alcanzarían los 300 kilómetros de longitud. Así de grande llegó a ser La Rosario.

En 1954, la compañía abandonó el plantel y se trasladó a diferentes partes del mundo, entre ellas El Mochito y Nicaragua.

Con su ausencia, el bosque que había quedado destruido comenzó a regenerarse para convertirse en lo que hoy conocemos como el parque nacional La Tigra.

Pero el pueblo de San Juancito nunca pudo levantarse de nuevo.

Hoy, es un pueblo que lucha a diario contra el olvido y los recuerdos.

Pero arriba, recorrer las ruinas de El Rosario es como un volver atrás; muchos historiadores concuerdan en señalar la mina como la única razón para que Marco Aurelio Soto trasladara la capital política de Comayagua a Tegucigalpa. Una duda razonable.

Sin embargo, entre viejas cabañas de madera abandonadas, un cementerio donde descansan hombres y mujeres norteamericanos que terminaron aquí sus sueños y vidas, existe una oportunidad de un viaje memorable.

Porque allá arriba, un futuro mejor comienza a construirse sobre las huellas en piedra de un glorioso pasado.

¿Dónde comer?

El Rosario no ofrece una gran variedad para comer. Recuerde que está dentro de un parque nacional, así que si va sólo por el día, le recomiendo llevar sus propios alimentos. Un buen termo para café caliente le va a caer bien, así como unas cuantas barras de chocolate o granola.

Existen un par de pulperías bien surtidas, por si desea algún enlatado o churros. Si va a permanecer una noche o más, la cafetería del Ecoalbergue Amitigra le puede dar platos sencillos a precios accesibles -Lps. 70 a 80-, siempre y cuando hable por teléfono con tiempo.

Si va a alguno de los chalet, indague con tiempo respecto a la alimentación. Y no olvide llevar buenos abrigos: ¡Aquí hace frío!

¿Como llegar?

Desde Tegucigalpa, tome la carretera que lleva a Valle de Ángeles. Atraviese la ciudad turística y tome rumbo a Cantarranas. A medio camino, del lado derecho, verá una calle pavimentada que lo conduce directamente al pueblo de San Juancito. Allí, no existe más que una ruta: seguir la calle que lo trajo y remontar unos cinco o seis kilómetros de angosto sendero en piedra y tierra, que lo llevará a El Rosario. No hay forma de perderse; pero vale la pena llevar un vehículo de doble tracción.

¿Dónde dormir?

1.- Ecoalbergue AMITIGRA: Ésta es la organización que administra el parque nacional La Tigra. El antiguo hospital y una de las viviendas que pertenecieron a la Compañía, han sido acondicionadas para recibir a los visitantes. Agua caliente, literas y luz son las únicas comodidades que ofrecen estas estructuras en piedra y madera. Un auténtico sabor a historia embarga todo el ambiente. Valen la pena si usted es un aventurero de rompe y raja.

Tels: 231-36 41 y 232-2660

2.- Cabaña Mirador El

Rosario: Mónica y Jorge son una pareja alemana que llegó a La Tigra hace unos diez años y se enamoraron de estas montañas. Han construido un refugio, muy privado, muy exclusivo, con la mejor vista de todo el parque (se lo garantizo). Allí, encontrará unas cabañas (muy pocas) a prueba de intrusos, ruidos y problemas. Jalea, pan y café hecho en casa sellan la riqueza de este sitio. Además, ellos son encantadores anfitriones. Muy privado.

3.- Chalet Cabañas la Montaña: Una antigua finca fue transformada, con tesón y creatividad, en un albergue de montaña realmente agradable. Chalet para familias y parejas surgen, entre la ladera de la montaña, tocando el cielo y la flora. Una docena, por lo menos, de colibríes revolotean a velocidades casi supersónicas a su lado, mientras recorre los jardines de la propiedad. Éste es un sitio a punto de quedar terminado, pero no dude ni por un momento en visitarlo en cuanto pueda. Se lo recomiendo.

Tel 235-5084 - Cel. 9985-1496