Tegucigalpa, Honduras
Con la pasión de la aviación a flor de piel, el general Walter López Reyes revive algunas anécdotas de su carrera de piloto, de los apuros que vivió como exjefe de las Fuerzas Armadas, de las luchas internas que libró y cómo ahora distribuye su tiempo en el retiro.
A sus 77 años, mantiene intacta la adrenalina, la emoción por el deporte y asegura que ahora cumple su otra misión: la de esposo, padre y abuelo.
¿Quién es el general Walter López Reyes ?
Nací en Tegucigalpa, el 15 de noviembre de 1940. Mis padres, oriundos de la capital también, fueron Francisco López y Betulia Reyes de López, ambos fallecidos. Crecí en el barrio Abajo y luego nos trasladamos al barrio La Cabaña. Estudié en el Instituto Central de Varones, donde me gradué de bachiller. Luego, mi padre fue asignado en un puesto diplomático en San Francisco, California, ahí estudié dos años de high school, e intenté ingresar a la Fuerza Aérea Norteamericana, pero me faltaba mucho más inglés y permanecer para ser ciudadano. Regresé al país en 1960, fue cuando ingresé a la Fuerza Aérea Hondureña y en 1986 me retiré de la institución armada.
¿Cómo descubre su vocación por la aviación?
En mi época, en los años 40 y 50, estaba la segunda guerra mundial, las películas narraban lo que ocurría en Europa y eso me motivó bastante. Desde Estados Unidos, mientras estudiaba ya estaba motivado. Eso me impulsó a pensar en ingresar a la Fuerza Aérea. Muchos me preguntaron si mi parentesco con el general López Arellano influyó en mi decisión, pero yo les digo que poco, porque no lo conocía en ese momento. Pero no me equivoqué porque sin duda ser parte de la Fuerza Aérea es de las mejores cosas que me pudo pasar.
¿Se ambientó rápido al régimen militar?
Sí. Ingresé con seis oficiales del Ejército, pero solo yo era civil, al final ellos no pasaron los exámenes físicos y fue cuando se llamó a otro grupo de civiles y llegaron cuatro. Esos cuatro estuvimos hasta el final y me adapté a la disciplina. Toda esa promoción está viva. Son: Carlos Aguirre, Francisco Zepeda, Roberto Vallecillo y su servidor.
¿Pensó en convertirse en el jefe de las Fuerzas Armadas ?
Para nada. Cuando uno está en el taller de pintura, o sea novato, no tiene el menor concepto de lo que es llegar a una posición de esas. Uno hace el esfuerzo para ser el mejor de los mejores volando. Esa competencia es sincera. Cada uno tiene que demostrar sus habilidades. Uno no piensa que va a llegar a una posición, son los jefes los que ven las cualidades, capacidades, desenvolvimiento y lo van poniendo como jefe de sección de vuelo, logístico y ese es un ascenso grande. Jamás uno imagina que será el jefe de las Fuerzas Armadas, porque lo ve demasiado grande, inalcanzable. Yo le dediqué el 95% de mi tiempo a esta profesión y el otro cinco a la familia.
Usted asumió la jefatura de las Fuerzas Armadas en un momento de transición. ¿Cuál fue su mayor reto?
Tuve grandes retos. Había una situación revolucionaria en Centroamérica, eso hizo que nuestros países se rearmaran, modificaran sus estructuras y era un gasto que había que hacer. Llegar al puesto de comandante en jefe implicó situaciones conflictivas internas, en donde tuve que tomar decisiones mucho más grandes de lo que estaba acostumbrado. Eran mucho más delicadas, pero de todo salí bien librado y el país mantuvo la tranquilidad.
¿Qué fue lo más difícil que enfrentó en ese alto cargo?
Fue hacer una estrategia con el Presidente para hablar de lo que acontecía en la frontera con Nicaragua, adonde estaban los contras. Tenía que hablar con la embajada. Fueron muchas sesiones, algunas espinosas con Estados Unidos, pero al final fueron comprendiendo que teníamos cosas que solucionar dentro del país y eso hizo que comprendieran que nosotros no solo ocupábamos una colaboración o ayuda de carácter militar, sino que necesitábamos algo más para mejorar la población civil que estaba en los bolsones con El Salvador y en la frontera con Nicaragua, porque ellos sufrían las actividades guerreristas en estos puntos. Para mí eso fue algo delicado, difícil y que lo fuimos resolviendo poco a poco, hasta que llegó la solución.
¿Qué siente ser considerado un héroe viviente en Honduras?
Agradezco ese calificativo. Pero esto no solo fue de un hombre o grupo de hombres, fue toda una generación que dejó hasta sus vidas, inclusive en el conflicto de la guerra del 69. Hay muchos combatientes de esa época que ya descansan en paz. Para mí hay héroes como Fernando Soto, que fue quien derribó los tres aviones y otros que los acompañaron. Para mí ellos tienen ese calificativo de combatientes héroes. Nosotros solo cumplimos lo que nos dijeron que cumpliéramos. Agradezco a quienes piensan que soy héroe, pero hay muchos ejemplos de los buenos hombres del país.
¿Cuántos aviones derribó?
No habían tantos aviones en El Salvador y Fernando Soto se nos adelantó muy rápido. De los cuatro que vinieron él se deshizo de tres.
¿Qué es lo más osado que hizo en su carrera ?
Pertenecer a los grupos acrobáticos. Hacer los pases bajos, rasantes a una velocidad que muy pocos pueden experimentar. Algunos en carros dicen que en 200 a 300 kilómetros hay adrenalina. En los aviones de combate a reacción se anda a 400 o 500 nudos que son más de mil kilómetros por hora. Esas cosas me generaron emociones, así como los accidentes en prueba. Yo tuve uno en un F86, al que le hicieron varias reparaciones y tuve triple falla volando sobre San Pedro Sula. Me falló, traté de llegar a la pista, pero no me alcanzó el tiempo ni la altura para sacar el paracaídas y tuve que hacer un aterrizaje forzoso. Se quebraron las alas, se quebró todo, pero yo salí ileso. Es un evento que me da nostalgia porque quisiera volver a esa carrera.
¿Ha perdido poderío la Fuerza Aérea ?
No creo. Imagino que con los cursos que han recibido, los análisis políticos del área, se preparan proyectos para cumplir con las misiones asignadas a la Fuerza Aérea. Uno no necesariamente piensa en ser grande, en tener grandes unidades, se tiene que ser capaz de responder a las amenazas que puede tener el país. Teníamos un dicho en la Fuerza Aérea: “Acostumbrémonos a pegar con el puño y no con la mano abierta”. Entonces, la Fuerza Aérea siempre está lista para cualquier misión.