Las comunidades fronterizas entre Honduras y El Salvador, que luchan por evitar la construcción de una gigantesca represa hidroeléctrica en esta región, subsisten gracias al flujo de dólares que miles de emigrantes envían a sus familiares desde Estados Unidos.
'No hay familia que no tenga a uno de sus miembros en Estados Unidos, es raro hallar una que no tenga', afirma Lilian Quintero, 50, propietaria de una pequeña pulpería.
Un ejemplo es el campesino Héctor Quintero, 55, oriundo de la aldea San Sebastián, en la misma jurisdicción de San Antonio, quien tiene once hijos de los cuales siete se fueron a vivir Estados Unidos.
'Aquí muchas familias se han dividido, la mitad está en Honduras, la mitad está en Estados Unidos', lamenta este campesino quien también se opone a la construcción de la represa.
San Antonio es un pujante municipio de unos 6,000 habitantes asentado entre elevaciones montañosas, donde los gobiernos de Honduras y El Salvador proyectan construir la represa El Tigre, para generar unos 700 megavatios/hora.
Con el proyecto, se busca hacer frente a la crisis energética provocada por los altos precios del petróleo.
Todos los vecinos rechazan el proyecto porque el agua les sepultaría no sólo sus casas y propiedades sino también su historia y hasta los restos de sus antepasados, que yacen en los cementerios locales.
El municipio es un centro de comercio al que confluyen los habitantes de pueblos cercanos, tanto de Honduras como de El Salvador.
'Aquí el lunes se reúne la gente en el parque a vender o a comprar su cerdo, su vaca, su caballo, su ropa; es como una feria. Vienen de todas partes, del lado de Honduras y los salvadoreños que cruzan la frontera', explica Juan Manuel Ayala, un comerciante de 45 años que tiene su tienda de abastos frente al parque de San Antonio.
'El Salvador está dolarizado, más los dólares que manda la gente que vive en Estados Unidos a la gente, de Honduras, ¿cómo no va a haber tanto dólar aquí', afirma Ayala.
'Aquí, en el casco urbano del municipio, se hizo una encuesta y resultó que casi todas las familias tenían por lo menos un miembro en Estados Unidos. Yo tengo a una hermana, ella trabajaba como profesora pero como no le pagaban mucho se fue', expresa el comerciante.
El cura Celso Sánchez, ya retirado del sacerdocio y dedicado a la agricultura, asegura que la moneda hondureña, el lempira, 19 por dólar, ha sido sustituida en muchas transacciones por la moneda estadounidense a lo largo de la zona fronteriza.
'Los que se van para Estados Unidos, lo primero que hacen es mandar a construir su casita, a comprar su terrenito para que algún pariente se lo cultive o compran sus vaquitas', relata el sacerdote.
A orillas de la carretera rústica que da acceso a la comunidad, se levantan esporádicas viviendas de concreto, con antenas parabólicas y hatos de ganado, construidas con fondos de las remesas, las cuales contrastan con las humildes y tradicionales casitas de bahareque de la zona.
Honduras recibió el año pasado 1.765 millones de dólares en remesas de unos 850.000 residentes en Estados Unidos, más del 10% de la población del país que tiene siete millones de habitantes.