Tegucigalpa, Honduras
La infancia del pastor Alberto Solórzano Salomón estuvo marcada por la muerte prematura de su madre y el desamparo en el que quedaron él y sus seis pequeños hermanos.
A raíz de esa situación, su padre los repartió y envió a algunos a Choluteca a cargo de su abuela, lo que significó una amarga experiencia por los maltratos y las precariedades.
Cansado de los abusos y de la miseria decidió escaparse a Tegucigalpa en busca de mejores derroteros y estando aquí logró culminar con muchos sacrificios su estudios y trajo a sus hermanos consigo.
Muy joven aceptó a Jesucristo y abrazó el pastorado. Esta es su historia.
Con muchos vacíos de personas significativas, sobre todo la ausencia de mi madre. Al morir mi madre, las cosas se complicaron, éramos siete hermanos y mi padre llevó a los tres menores a la zona sur. Fue un cambio sumamente brusco en todo sentido: muchas carencias y una abuela a quien le caímos por sorpresa y le costó asimilar nuestra presencia. Sentí el abandono, el rechazo y una sensación constante de frustración.
Claro, lo que he vivido fue un insumo que me forjó y me hizo madurar. A muy temprana edad tuve que asumir responsabilidades.
Aunque no viví mucho tiempo con mi madre, la recuerdo como una mujer dedicada al hogar y sus hijos; y a mi padre, muy ausente porque la naturaleza de su trabajo lo sacaba mucho de casa.
Con mi padre mantenemos una relación cercana a pesar de que por mucho tiempo hubo distanciamiento.
Somos siete hermanos, la muerte de mi madre generó una separación entre nosotros a tal grado que pasados 46 años de ese suceso nunca hemos podido juntarnos todos nuevamente. Espero que algún día tengamos esa oportunidad.
Comencé a estudiar en la escuela Lempira, de Comayagüela, luego mi padre nos llevó a Choluteca con mi abuela paterna; ahí hice los últimos años de primaria en la escuela Pedro Nufio, luego la secundaria en el instituto José Cecilio del Valle y terminé graduándome al venirme a Tegucigalpa en el instituto Central Vicente Cáceres.
Mi primer empleo fue en Tegucigalpa como conserje en el bufete del abogado Gustavo Acosta Mejía.
Trabajar con el abogado Acosta Mejía fue una extraordinaria experiencia, era alguien exigente, pero a la vez comprensivo. Una de las tareas que tenía que cumplir con precisión era comprar sus cigarrillos More en un puesto del antiguo cine Variedades: “Tenés que ir y volver rápido, voy a estar tomando el tiempo”, me decía. Fue un tiempo de especial aprendizaje, pues no solo hacía diligencias, sino también el aseo que incluía lavar los sanitarios y preparar su café.
Tener que hacer diligencias sin conocer la ciudad....Hubo momentos cuando no daba con las direcciones y pasé mucho nervio.
Desde mi adolescencia sentí una fuerte necesidad de Dios y me acerqué a la iglesia, adonde encontré aceptación y propósito.
Desde mis primeras etapas en la vida cristiana conocí al pastor René Peñalba, él ha sido una figura determinante que con su ejemplo y formación me inspiró y me sigue inspirando. Con él me une un vínculo profundo de respeto y afecto, hemos estado juntos los últimos 34 años.
Creo que cada pastor debe vivir dignamente al igual que su familia, los excesos son malos.
Sí, pero no los he aceptado. Yo soy un pastor y estoy realizado con lo que hago: servir a Dios
El CNA ha pasado por diferentes etapas, al ser parte del comité ejecutivo junto con el ingeniero Arnaldo Bueso y el padre Carlos Rubio nos tocó administrar un momento difícil; pero con el compromiso de todos los miembros de la asamblea pudimos salir adelante.
A veces da la impresión que la corrupción es un problema difícil de superar; sin embargo, creo que con decisiones frontales y consistentes se puede ir superando. Haber llegado a los niveles actuales de corrupción ha sido el resultado de un proceso lleno de descuidos y tolerancia; pero no debemos perder la esperanza que podemos lograr un cambio radical y profundo.
Cuando se me presentó esta oportunidad sentí que era el momento de dar un paso al frente y practicar el mensaje que predicamos de ser luz donde hay tinieblas. No podemos seguir criticando sin estar dispuestos a hacer algo.
No, ninguno de los comisionados ni los asesores.
Claro que hemos sido alcanzados por alguna forma de temor, creo que es normal; pero este esfuerzo es necesario e impostergable.
Mucho desorden y un desborde de maldad.
Lo que he visto en estos meses en el interior de la Policía me ha conmovido.
Es impresionante pensar que una institución que se creó para proteger y servir a la ciudadanía se haya convertido en un centro de operaciones para delinquir. Es una pena que frente a eso los que estuvieron al mando en épocas pasadas no hayan tomado las decisiones necesarias. El país se hubiese ahorrado mucho luto y dolor. Dios quiera que esa historia no se repita.
Depurada y transformada, ese es el compromiso al final del mandato.
Sí hay esperanza, pero debemos asegurarnos de que esto no vuelva a ocurrir.