Un accidente aeronáutico se llevó la vida del cantautor de tangos Carlos Gardel en la ciudad colombiana de Medellín el 24 de junio de 1935. Ese mismo día nació el eterno mito del “Zorzal criollo”, el de “El mago” o “Carlitos”, entre otros sobrenombres que la devoción popular le dio al artista, cuya nacionalidad es motivo de ásperas polémicas desde fines de la década de 1960.
Gardel, cuya figura reúne 1,450,000 páginas de Internet halladas en 0.44 segundos por Google, fue pionero del tango canción así como también de los vídeos musicales. Llevó el tango desde el arrabal a Buenos Aires y Montevideo y desde allí a París y Nueva York.
Fue actor y productor cinematográfico, pero “cada día canta mejor”, según el latiguillo que acompaña a su mito. El mito está además arropado por la fama de galán del artista, sus peripecias románticas y su afición por “los burros” (carreras de caballos).
Dejó un legado de un millar de grabaciones discográficas y una veintena de películas y musicales que se reproducen en el mundo. El “Sos Gardel” se mantiene como la frase con la que se elogia a una persona en grandes ciudades de Argentina y Uruguay, sobre todo en Buenos Aires y Montevideo, en las dos orillas del Río de La Plata. Para los rioplatenses “Carlitos” es sinónimo de “grande” y el artista era “un mago” por las maravillas que hacía con su voz de barítono.
Nace un mito
“Ahora la vamos viajando en avión y ya te imaginarás el fierrito (miedo) de los guitarristas. Elogian la comodidad y la rapidez del avión, pero no ven la hora de largar. Hay que ver las risas de conejo de todo el personal cuando se meten en los trimotores...”, contó Gardel en una carta a su apoderado, Armando Defino, fechada el 20 de junio de 1935.
“Voy a ver a mi vieja (madre), pronto. No sé si volveré, porque el hombre propone y Dios dispone. Pero es tal el encanto de esta tierra que me recibió y me despide como si fuera hijo propio, que no puedo decirles adiós, sino hasta siempre”, dijo el “Zorzal Criollo” un día antes de su muerte por los micrófonos de la radio La Voz de la Víctor en Bogotá, escala de una gira que había iniciado en Puerto Rico y Venezuela y que debía seguir en Panamá, Cuba y México.
Una multitud se había reunido frente a la emisora para aclamar a Gardel, que desde un balcón le cantó “Tomo y obligo”, el último tango que entonó. El 24 de junio de 1935 era un día apacible en Medellín, desde donde Gardel y su elenco iban a viajar hacia Cali.
Al despegar, el avión un trimotor F-31, chocó con otro estacionado a un costado de la pista, lo que desató una explosión e incendio en el que murieron 12 de los 15 tripulantes de ambas aeronaves.
La tragedia fue presenciada por varios miles de personas que habían acudido al aeropuerto para vivar a Gardel, el que una semana antes se había presentado en el teatro España de Medellín. Desde ese momento, Medellín es “la más gardeliana” de las ciudades colombianas.
El accidente se debió a que el piloto del F-31, Ernesto Samper Mendoza, perdió el control debido a un viento transversal e irregularidades en la superficie de la pista que causaron el choque con otra aeronave estacionada muy próxima a la zona de despegue, según informes oficiales.
Hubo quienes conjeturaron que el piloto estaba furioso luego de una discusión con Gardel por robarle la novia. También quienes sostuvieron que el choque de aviones fue consecuencia de una “guerra” entre las dos compañías que por entonces se disputaban el incipiente mercado aeronáutico colombiano.
Los restos de Gardel fueron rápidamente identificados. Llevaba consigo el pasaporte de nacionalizado argentino que indicaba que había nacido en Tacuarembó (Uruguay).
Los investigadores recogen un informe forense fechado el 24 de junio de 1935 que identifica al cadáver “de 48 años de edad, uruguayo, de la ciudad de Tacuarelo, provincia de Montevideo (sic)” y un expediente de defunción del día siguiente que reza: “Carlos Gardel, oriundo de Argentina, de 40 años, más o menos, soltero, hijo de Berthe Gardel”.
El féretro del cantante fue acompañado por un largo cortejo fúnebre hasta el cementerio de San Pedro en Medellín.
A fines de 1935, Armando Defino, apoderado de Gardel, empezó un recorrido del traslado de los restos por las montañas colombianas hacia Panamá y de allí a Nueva York y Montevideo hasta que llegaron al cementerio de Chacarita, adonde descansan desde el 6 de febrero de 1936.