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El guardián del Santo Sepulcro

  • Actualizado: 27 marzo 2010 /

La Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén se levanta en el lugar donde se cree que Jesús fue crucificado y sepultado.

La Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén se levanta en el lugar donde se cree que Jesús fue crucificado y sepultado. Es el centro de culto cristiano más venerado del mundo. Sin embargo, el encono entre las diferentes confesiones cristianas obligó, hace ya ocho siglos, a que la llave del templo esté en manos de una familia musulmana.

Wayih Nuseibe, 59 años, acude cada día al santuario para abrirlo y cerrarlo. Ataviado con chaquetón y corbata, como un hombre de negocios, este mahometano de mediana estatura y bigote cano, descendiente de una prominente familia jerosolimitana, guarda el lugar con riguroso celo y una neutralidad consagrada por la tradición, sabiéndose su principal cancerbero. En Semana Santa la ciudad amurallada es un hervidero de gente. Bajo un cielo soleado y apostado junto a la puerta del santuario cual efigie, Nuseibe ve entrar a los peregrinos, turistas y curiosos a uno de los sepulcros más venerados del mundo, aunque no contenga ningún resto humano.

Parte neutral
“Estoy muy orgulloso de ser la parte neutral aquí, porque éste es uno de los santuarios más importantes del mundo”, afirma junto a las vetustas puertas de madera roídas por el paso del tiempo y la falta de un barniz que las proteja.

Esta situación en gran medida se debe a un “statu quo” que data de 1852 y regula quién puede hacer qué y cuándo en la iglesia a fin de evitar las riñas entre las distintas comunidades cristianas, a veces por cada rincón, cada lámpara y cada columna del santuario.

Para muestra, una escalera apoyada sobre una cornisa de la fachada principal durante más de cien años y que nadie ha osado tocar, pone de relieve que cualquier objeto por más nimio que parezca adquiere un significado sagrado en el Santo Sepulcro.

El control del lugar está en manos de tres Iglesias principales: la greco-ortodoxa, la católico-romana y la armenia, y bajo está última hay otras dos denominaciones, a saber; la egipcia-copta y la siria, refiere Nuseibe. “Aquí somos la parte neutral entre todos. Si la llave estuviera en manos de los griegos, sólo dejarían a los griegos entrar, o si estuviera en manos de los católicos, sería igual”, argumenta al explicar la razón de su oficio.

Y deja clara su misión entre la velada pugna por el control del recinto: “De esta manera, somos ecuánimes y damos una oportunidad a todos para que vengan a rezar y abrimos de acuerdo con un horario determinado para que todo el mundo pueda acudir a este lugar sagrado”. La iglesia se emplaza sobre el punto que la reina Helena, madre del emperador romano Constantino, identificó como el lugar de crucifixión y enterramiento de Jesús, tras afirmar que había encontrado la Verdadera Cruz en una cueva.

El edificio es el punto final de la Vía Dolorosa, que serpentea por las estrechas callejuelas repletas de coloridas tiendas, entre los barrios musulmán y cristiano de la ciudadela antigua.

En esa vía se ubican las catorce estaciones de la cruz que recorren los devotos en Viernes Santo.

Entre las estaciones más veneradas están la Piedra de la Unción de Cristo, que los fieles suelen empapar con perfume, la del Gólgota o Monte del Calvario, y la del Santo Sepulcro, un mausoleo flanqueado por enormes cirios que vendría a ser para el cristianismo el equivalente a la Caaba en La Meca para el Islam.

Nuseibe explica adónde se remonta la tradición de que un musulmán sea el guardián de este santol lugar. “Empezó con nuestra familia en el siglo VII, en tiempos del califa Omar que dio la llave a nuestra familia y es heredada de padres a hijos hasta que los cruzados tomaron el lugar”, afirma.

Saladino se hizo con el control del santuario y devolvió en siglo XII la llave a los Nuseibe, que perderían la hegemonía de ser los únicos responsables de la sagrada portería en el período turco.

“Alrededor de 1612 se designó a otra familia, a los Yude, para que tuvieran permiso de tener la llave junto con nosotros”, apostilla.

La encomienda está registrada en documentos religiosos y un firmán del Imperio Turco, que dominó durante 400 años en Oriente Medio hasta ser derrotado en la Primera Guerra Mundial (1914-18), acredita que la familia Nuseibe es la responsable de la llave. Hoy sigue vigente el valor de poner la llave de la iglesia en manos de musulmanes, pues las disputas entre las denominaciones cristianas suelen aflorar.

Una vez al año, los porteros entregan la llave como privilegio a las tres iglesias principales: a los franciscanos, custodios de Tierra Santa desde hace ocho siglos y miembros de la Iglesia católica-romana el Jueves Santo, a los greco-ortodoxos en el Viernes Santo y a los armenios el Sábado de Gloria.

El interior de la basílica es un círculo amplio y laberíntico de múltiples capillas de pesada arquitectura de piedra y nichos oscuros ennegrecidos por el humo de las velas y el incienso.

“La iglesia abre todas las mañanas a las cuatro de la mañana y cerramos generalmente a las ocho, aunque este mes lo hacemos a las 7.30”, afirma este musulmán.

A la entrada de la iglesia le sucederá alguno de sus descendientes que llevará con orgullo el ilustre título de ser el guardián de las puertas más veneradas.