En poco más de dos kilómetros cuadrados se concentra el lujo de Miami Beach: Bal Harbour Village. El paisaje de esta pequeña ciudad situada al norte de la isla se compone de un conjunto de condominios residenciales construidos frente al Océano Atlántico, cuatro alternativas de alojamiento -entre ellas el nuevo St. Regis Bal Harbour Resort-, el centro comercial que más ganancias factura en Estados Unidos y una docena de restaurantes especializados en gastronomía del mundo.
Bal Harbour es un complemento de las experiencias de playa y fiesta que caracterizan a Miami. Ocean Drive y sus emblemáticos edificios Art Deco se encuentran a unos 20 minutos en automóvil, así que hospedarse en esta zona garantiza a los viajeros un ambiente sofisticado y una ubicación inmejorable: los atractivos de South Beach, como los bares de la calle peatonal Lincoln Road, están igualmente cerca.
Una mujer empuja una carreola por los pasillos de Bal Harbour Shops, centro neurálgico de la comunidad, que desde 1965 hipnotiza a la gente frente a los aparadores que exhiben prendas de diseñador, accesorios y joyería de ultra lujo.
Ella se sienta en la terraza de La Goulue, el coqueto bristro francés que está justo en la entrada del centro comercial. De la carreola se asoma un perrito que pacientemente espera mientras su dueña acompaña su cena con vino tinto. En otra mesa, un grupo de amigas, que como postre comparte un profiterol, comenta con entusiasmo las orquídeas que crecen de los árboles y no pierde detalle de las parejas que descienden de automóviles imposibles de ignorar.
Viajeros, socialités y celebridades se rinden por igual ante las mercancías de las más de cien boutiques de este centro comercial. Si en los años 50 era común ver a Frank Sinatra y a otros miembros del 'Rat Pack' en el Carnival Supper Club, del desaparecido hotel Americana, hoy este complejo es el lugar idóneo para ver pasear a celebridades de la industria musical y cinematográfica como Beyoncé Knowles, Diane Kruger o Cher, además de personalidades del deporte como Nacho Figueras, modelo y jugador de polo.
El glamour es algo natural en esta comunidad desde que fue planeada, a finales de los años 20. Bal Harbour se extiende desde 96th Street hasta Haulover Cut, tiene su propia alcaldía y departamento de policía. Los impuestos que aquí se recaudan, se reinvierten en el mantenimiento de sus jardines, perfectamente verdes, sus calles impolutas y programas de actividades para residentes y visitantes.
La apertura del St. Regis Bal Harbour Resort, en enero de este año, incrementa el brillo de la zona. El hotel está construido desde cero en el predio que ocupara el Sheraton y es el tercer nuevo hotel edificado en cuatro décadas dentro de Bal Harbour, después del ONE que se estrenó en 2009 y del Quarzo abierto en 2010.
Desde el cuarto de baño de las habitaciones del ONE, mientras el visitante toma una ducha, se sumerge en la tina o simplemente cepilla sus dientes, puede contemplar el Atlántico y el agua color turquesa que pasa por debajo de la Avenida Collins, arteria que atraviesa la isla.
Como en otros destinos de vocación lujosa, los alojamientos de Bal Harbour buscan dar a sus huéspedes algo que difícilmente pueden tener en casa. Una cama deliciosa no es suficiente -es casi seguro que los huéspedes habituales sean dueños de una igual o mejor. Aquí la apuesta es conquistar la mirada.
Entretenimiento
La playa de Bal Harbour está abierta a todos los visitantes de Miami Beach, quienes aprovechan un atípico día de viento para practicar surf o un día de sol para broncearse y contemplar al Atlántico en calma. Sin embargo, la comunidad tiene un calendario de actividades planeadas exclusivamente para los huéspedes de sus hoteles. Dentro de la categoría de 'wellness', tres veces por semana se imparten sesiones de yoga, pilates y meditación en la playa; los habitantes se pueden sumar a ellas, de modo que el viajero se lleva una idea de la vida cotidiana.