Tegucigalpa, Honduras.
Nadie se imaginó que la madrugada del pasado miércoles Santos Alejandrino Figueroa (51) dejaría para siempre la pulpería que con tanto amor y dedicación atendía todos los días.
Don Alejandro fue una de las dos víctimas de la mortal persecución de la mañana del miércoles cuando tres hombres con fusiles AR-15 dispararon contra el ocupante de un pick up Toyota Tacoma doble cabina, el cual provocó una triple colisión en el bulevar Fuerzas Armadas, en Comayagüela.
Las víctimas son José Durán Avilez Alvarado (41) y Santos Alejandrino Figueroa Martínez (51), además de una persona lesionada identificada como Florencio Rodríguez.
En su barrio ayer no se escuchaba sonido alguno, y en la puerta de la pulpería se ve una página blanca que esta vez no anuncia precios ni ofertas, solo el lugar de su velorio.
“Yo no tengo más palabras que decir, él era mi esposo, un hombre especial que se dedicó a sus hijos y a trabajar”, dice su esposa Norma Baquedano.
Hoy solo el consuelo que viene de lo alto logrará calmar el inmenso dolor de la partida de su incondicional compañero.
“Solo Dios me puede dar el consuelo, él me empujaba siempre a estar en la cosas del Señor, siempre decía: Norma, podemos estar pobres, pero siempre vamos a buscar a Dios”, dice lamentándose.
Lo recuerda como un padre abnegado que se preocupaba por inculcarle a sus hijos el amor a Dios y los valores para vivir en sociedad.
El día de la tragedia él salió porque estaba enfermo, ya que padecía de diabetes y de hipertensión arterial; sin embargo, nadie hubiese creído que el adiós que le dijo a su esposa ese día sería el último.
“Yo le dije: váyase en taxi, usted está enfermo. Él contestó: no, mire que no hay ni un taxi”, recordó.
Añadió que las últimas palabras que escuchó de su amado fueron “no se preocupe, ahorita no hay tráfico, ya vengo, yo a las siete estoy”, pero esa promesa no se cumplió.
Asegura que en este momento su corazón carga un enorme pesar al no haberlo acompañado a su cita.
“Yo me quería ir con él, él siempre que salía en la mañana me apagaba la luz del cuarto para no despertarme, pero esa mañana me levanté a cerrar el portón”. Esa habría sido la última oportunidad de cruzar la mirada con el amor de su vida.
Nadie se imaginó que la madrugada del pasado miércoles Santos Alejandrino Figueroa (51) dejaría para siempre la pulpería que con tanto amor y dedicación atendía todos los días.
Don Alejandro fue una de las dos víctimas de la mortal persecución de la mañana del miércoles cuando tres hombres con fusiles AR-15 dispararon contra el ocupante de un pick up Toyota Tacoma doble cabina, el cual provocó una triple colisión en el bulevar Fuerzas Armadas, en Comayagüela.
Las víctimas son José Durán Avilez Alvarado (41) y Santos Alejandrino Figueroa Martínez (51), además de una persona lesionada identificada como Florencio Rodríguez.
En su barrio ayer no se escuchaba sonido alguno, y en la puerta de la pulpería se ve una página blanca que esta vez no anuncia precios ni ofertas, solo el lugar de su velorio.
“Yo no tengo más palabras que decir, él era mi esposo, un hombre especial que se dedicó a sus hijos y a trabajar”, dice su esposa Norma Baquedano.
Hoy solo el consuelo que viene de lo alto logrará calmar el inmenso dolor de la partida de su incondicional compañero.
La lamentable escena del accidente donde murió don Alejandro.
|
Lo recuerda como un padre abnegado que se preocupaba por inculcarle a sus hijos el amor a Dios y los valores para vivir en sociedad.
El día de la tragedia él salió porque estaba enfermo, ya que padecía de diabetes y de hipertensión arterial; sin embargo, nadie hubiese creído que el adiós que le dijo a su esposa ese día sería el último.
“Yo le dije: váyase en taxi, usted está enfermo. Él contestó: no, mire que no hay ni un taxi”, recordó.
Añadió que las últimas palabras que escuchó de su amado fueron “no se preocupe, ahorita no hay tráfico, ya vengo, yo a las siete estoy”, pero esa promesa no se cumplió.
Asegura que en este momento su corazón carga un enorme pesar al no haberlo acompañado a su cita.
“Yo me quería ir con él, él siempre que salía en la mañana me apagaba la luz del cuarto para no despertarme, pero esa mañana me levanté a cerrar el portón”. Esa habría sido la última oportunidad de cruzar la mirada con el amor de su vida.