Hace unos sesenta años se construyó una pista para patinar. La mayor parte de los jóvenes capitalinos ahí aprendieron a andar en patines. Todas las tardes, el parque estaba lleno de nacionales y extranjeros que se tomaban fotos y disfrutaban de la frescura del clima.
Había grupos de estudiantes que acudían al parque a patinar por la noche. Generalmente cerraban a las nueve para darles oportunidad a los que estudiaban y trabajaban para tener un poco de esparcimiento.
Entre los asistentes nocturnos estaba don Víctor, un sastre que vivía en el barrio El Edén, cerca del parque La Leona. Todos lo conocían, unos porque eran sus clientes y otros por referencias sobre el viejo. Le gustaba contar chistes y, a veces, los muchachos lo rodeaban para que les relatara historias sobre Tegucigalpa.
Una tarde, cuando los rayos del sol caían detrás de las montañas, don Víctor se encontraba rodeado de muchachos a los que entretenía con sus historias. Uno de ellos le preguntó si sabía cuentos tenebrosos y el viejo respondió con otra pregunta.
-¿Y ustedes creen en los muertos?
Todos se miraron entre sí y luego se rieron.
-Sabe, don Víctor -dijo un estudiante-, antes, la gente de los pueblos creía firmemente que los muertos salían, pero ahora es motivo de risa. Se dice que todos esos cuentos de azoros y de muertos son pura imaginación de las personas que viven en las montañas.
El viejo se encogió de hombros y les dijo:
-La verdad es que sí creo que los muertos salen.
Un niño que se encontraba en el grupo habló:
-Mi abuelo dice que los muertos sí salen. Nos contó la historia de un sacerdote que salía en el pueblo. Lo miraban caminando por las tardes rumbo a la iglesia.
-Puede ser -dijo el viejo-. En este mundo hay miles de cosas sin explicación. No han salido muertos por esta zona, pero ahí en la Alhambra sí hay historias tenebrosas.
Con el dedo índice señaló un viejo portón de hierro frente al parque en una zona conocida como la Alhambra.
-Ahí -prosiguió-, ahí sí asustan cuando llega la medianoche. Por eso, nadie pasa por ese portón después de las siete de la noche.
Las tardes eran muy alegres en el parque La Leona. Familias enteras disfrutaban los fines de semana del ambiente familiar que se sentía en la pista para patinar. Siempre estaba llena. Había concursos y se le daba un premio al mejor patinador de la semana.
Lo curioso es que nadie estropeaba los jardines ni mutilaba el viejo napoleón que crecía en una de las glorietas. El encargado del parque era un señor amable que siempre estaba vigilando que los niños no pusieran en peligro la vida acercándose a la verja metálica que rodeaba el lugar.
Por la tarde, los muchachos ya sabían que llegaba don Víctor con su arsenal de chistes e historias fantásticas. Llegó mayo, mes de las flores. El parque se llenaba de colorido con la gran variedad de flores que ahí había en aquellos tiempos de alegre recordación.
Una tarde, los muchachos estaban inquietos porque don Víctor no había llegado. Pensaron que había tenido algún contratiempo, pero luego lo vieron llegar y de inmediato se colocaron bajo la estatua del general Manuel Bonilla, que era el centro de las reuniones con el viejo sastre.
Todos guardaron silencio cuando él llegó. Tomó su lugar en las gradas y comenzó a contar historias tenebrosas de la Sucia y del hombre sin cabeza. Los muchachos se callaron. Se arrimaban unos a otros para no sentir miedo.
Al finalizar sus historias vino la concebida pregunta.
-Hey, muchachos. ¿Ustedes creen en los muertos?
Todos se rieron al mismo tiempo; sabían que aquella era una especie de broma.
-Bueno -dijo el viejo-. Si no creen en los muertos, vayan a mi casa, ya conocen dónde es. Pregunten ahí. Aquí los voy a esperar a ver qué opinan.
Los muchachos aceptaron el reto.
-Usted piensa que nos vamos a llenar de miedo, don Víctor. Aquí espérenos. Vamos a ir a su casa a preguntar.
El grupo llegó a la casa del sastre, donde había gran movimiento de personas.
Entraron por un portón. Alguien se había muerto. Un féretro estaba colocado en el patio. La curiosidad los obligó a ver quién era el fallecido. Todos enmudecieron. El muerto era don Víctor.
Casi se llevan de encuentro a la gente que iba llegando con la veloz carrera que emprendieron. Iban aterrorizados, mudos; parecía que tenían alas en los pies.
Cuentan que durante algún tiempo, quizás un año, los jóvenes dejaron de ir a su parque preferido. La historia del sastre los había impactado de tal manera que se ausentaron de La Leona.
Los que fueron a la casa del sastre aún están vivos. Cada vez que recuerdan lo sucedido se les ponen los pelos de punta.
Y usted, mi querido lector, ¿cree en los muertos?