Generalmente en los pueblos hay un muchacho o una mujer de poco entendimiento. La gente los llama dundos. Los utilizan para hacer mandados, cuidar milpas, cortar zacate, etcétera.
En el pueblo de El Quebrado vivía un muchacho con las anteriores características, llamado Apolunio, a quien llamaban Polo, experto en cortar monte, desgranar maíz, aporrear frijoles y todas las tareas del campo. A veces le pagaban con dinero en efectivo o le daban de comer. Para asegurarse el sustento diario cortaba leña y la cambiaba por alimentos en el pueblo. Todos lo solicitaban. Si había algo que hacer, decían “llamen a Polo” y allá iba Polo muy obediente.
En el pueblo
El cura párroco del pueblo era amigo del dundo. Lo aconsejaba y en cada plática le decía:
—Mira, Polito, Dios es el único que te cuida. Como vos sos huérfano, los ángeles de Dios andan a tu alrededor.
El muchacho asistía a la misa todos los domingos, empujaba la silla de ruedas de una señora que en un accidente se había fracturado la columna: ahí tenía su desayuno y su almuerzo asegurados. Polo vivía en una casita fuera del pueblo, donde guardaba sus cositas, su ropa, bolsa de cortar café y unas cuantas herramientas agrícolas. Olvidaba decirles que el muchacho tenía buena voz y le pagaban diez centavos para que cantara una canción que estaba de moda en aquellos tiempos, llamada El venadito.
Una mañana, cuando la gente salía de la iglesia, varias personas lo esperaban. Le dijeron que fuera a dejar a doña Sofía, la inválida, y que regresara. Así lo hizo. Una nutrida concurrencia lo esperaba.
—Vaya, Polo, hoy sí vas a cantar El venadito para todos y te vamos a pagar, ¿verdad muchachos?
—¡Sí!
Un hombre pulsaba una guitarra; era de los que cantaban en el coro de la iglesia. Lo animó: —Yo te acompaño, Polo. Comenzaba por do mayor.
El muchacho se aclaró la garganta y comenzó a cantar. Todos los escuchaban con deleite.
—Por lo menos este dundo canta bonito. A mí me fascina El venadito. “Si un pobre venadito que nació en la serranía…”.
Los aplausos no se hicieron esperar. Polo se esforzó para cantar como un gorrión, pues sabía que le iban a pagar. Así fue: muchas monedas recibió esa mañana por cantar El venadito cuatro veces por petición del público de la plaza. Viviana Canales y su esposo Rodolfo vivían cerca del ranchito de Apolonio. Lo conocían muy bien.
—Hola, Polo, ¿no nos vas a invitar a un fresco? Hoy ganaste pisto —fue la petición que le hizo la mujer.
El dundo respondió:
—Pero solo uno para los dos porque estoy guardando pisto para comprar unas cositas.
Fueron a una pulpería y el dundo los invitó al refresco prometido. Entre risas y chistes la pasaron muy bien. Luego los tres se fueron a sus casas.
Media hora más tarde, Rodolfo le dijo a Viviana:
—¿Oíste lo que dijo el dundureco? Dijo que estaba guardando su pisto para comprar sus cositas. Me imagino que la guaca que tiene debe ser grande.
—Fíjate —contestó la mujer— que yo estaba pensando lo mismo. No sería malo ir a esa casita para buscar ese pistillo, ¿no te parece?
Los esposos se rieron del improvisado plan y decidieron llevarlo a cabo el domingo siguiente, cuando Polo estaba ausente de su ranchito. Comenzaron por sacar todas las cosas que Polo guardaba en cajas de cartón y lo dejaron todo regado. Buscaron en las paredes botes y maceteras sin ningún resultado y cuando se daban por vencidos a la mujer se le ocurrió buscar debajo del fogón: había una lata llena de billetes de banco y monedas. Eran más de 15 mil lempiras. Abandonaron el lugar felices de haberle robado al pobre dundo.
Ese día, Apolonio se dedicó a trabajar para los vecinos; ganó para la comida y para seguir ahorrando. Al caer la tarde regresó a su ranchito, se fue directo al fogón y enorme fue su angustia al no encontrar la lata. Se fijó que habían vaciado sus cajas, había ropa y objetos regados por todas partes. De inmediato se puso a llorar, salió de su casa haciendo grandes esfuerzos. No podía caminar y al final cayó muerto en la entrada.
Unos campesinos que bajaban de la montaña encontraron el cadáver y les avisaron a los vecinos. Las autoridades comprobaron que los ladrones le habían robado a Polo y debido a su angustia había fallecido de un ataque al corazón. El pueblo entero asistió a la vela y al entierro del desafortunado hombre.
Viviana y su esposo Rodolfo asistieron al sepelio dando muestras fingidas de dolor.—Ay —decía Viviana—, cómo nos duele la muerte de Polito. Era tan bueno, tan servicial.
Con el dinero robado, los esposos se dedicaron a comprar ropa y utensilios de cocina. Ella lucía muy elegante y el andaba pistola nueva. Así fue pasando el tiempo y en pocos meses Polo fue olvidado, como ocurre con todos los muertos.
Una noche, Viviana se despertó, movió con las manos el cuerpo de su esposo y logró despertarlo.
—Oí, Rodolfo. Alguien anda en la casa. Agarrá la pistola y levantémonos despacio. Debe ser un ladrón.
Se levantaron sigilosamente, él con la pistola en mano y ella con un machete, y comenzaron a buscar en el sitio donde escuchaban los ruidos. Al escuchar aquella voz quedaron helados:
—¿Dónde esta mi pisto, dónde está mi pisto? Ustedes tienen que devolvérmelo, ja, ja, ja.
La mujer y el hombre salieron casi desnudos de la casa, corrieron y corrieron hasta llegar al pueblo para entregarse a las autoridades y la voz los seguía: “Mi pisto, devuélvanme mi pisto”.El pueblo, al darse cuenta de lo sucedido, casi los linchó. Por seguridad, la policía los trasladó a la cárcel del pueblo vecino. Ambos fueron confinados a una celda oscura, donde enloquecieron. Aseguran que el muerto llegaba a cantar: “Soy un pobre venadito que nació en la serranía”. Polo regresó a cobrar desde el más allá.