01/01/2026
08:20 AM

'Que me entierren con las botas y el uniforme”: veterano militar

Samuel Vásquez Linares comparte su historia del conflicto entre Honduras y El Salvador.

Se acercaba la Semana Santa y el plan era disfrutar con su familia. Llevaba una bolsa de dulces, miel y maíz. Todo quedó en el campo donde empezó su entrenamiento militar.

Samuel Vásquez Linares tenía 19 años cuando se dirigía a la casa de sus padres en San Antonio, Cortés. Le faltaba cerca de un kilómetro para llegar cuando cuatro soldados lo rodearon. De repente escuchó una voz firme: “¡Alto! A hacer plaza, papa”.

Nunca pensó ser militar, pero no titubeó cuando le hicieron la primera pregunta: ¿Querés ser guardia militar o guardia civil?

-Guardia militar, respondió.

En ese tiempo no había más elección. Quien era reclutado solo tenía esas dos opciones.

“Solo les pedí a unas cipotas que iban pasando que le avisaran a mi mamá”, recordó.

Para el 1 de abril de 1961 ya formaba parte del grupo que ocho años después combatiría en la guerra de las 100 horas entre Honduras y El Salvador.

Su entrenamiento fue clave para que hoy, a sus 77 años, pueda contar la historia.

En la línea de fuego

Sus ojos se empañan al recordar esos días. Hace una pausa y se seca las lágrimas. Fue del 14 al 18 de julio de 1969 cuando le tocó estar en la línea de fuego.

“Los militares salvadoreños habían invadido Ocotepeque, entonces comenzaron a movilizar las tropas hondureñas. Yo llegué de refuerzo el segundo día. Mis compañeros nos dijeron que ya habían matado al capitán Bonilla y al teniente Lagos y que esos mismos hijos de p... estaban violando mujeres. Eso fue lo que nos enojó”.

Recuerda que la tropa en la que iba estaba bajo el mando del comandante René Godoy Zavala. Él también vive.

La orden que recibió de él fue “fuego con todo aquello que se mueva, pero eso sí, que sea bien logrado el proyectil porque me acaban de anunciar que tenemos poca munición”, recordó.

La misión era no dejar a los salvadoreños. Para lograrlo debían pasar por encima de los cuerpos de los soldados hondureños que yacían en el suelo.

“Habían muertos de ambos países, 10, 15, 90. Teníamos que dejarlos ahí para ocupar sus puestos”.

Mientras defendía al país con su vida pensaba en sus cuatro hijos y su esposa Gladys Mendoza. “Pobrecitos mis cipotes y mi señora, decía yo”.

Ese recuerdo le daba la fuerza. Asegura que nunca sintió miedo y luchó por sobrevivir hasta el último día.

No solo defendió el país. También colaboró en el rescate de un grupo de hondureños capturados por las tropas salvadoreñas.

“Rescatamos como a cuatro. Pero de los heridos no pude salvar a ninguno”. Su voz se entrecorta.

Con la mano izquierda nos hace una señal de pausa. No puede hablar. Necesita tiempo para continuar el relato.

“No me gusta recordar, aunque puedo pasar horas contándole lo que vivimos. De la guerra hay bastante que decir”.

Relata que el último día un helicóptero sobrevolaba el territorio. Ya habían combatido todo el día cuando vieron que se trataba de un equipo de la Organización de Estados Americanos. Se acercaba el fin del combate.

Pesadillas

El sargento segundo vivió su pesadilla en el comando ubicado en San Rafael de las Mataras, Ocotepeque.
Aunque ya en el campo de batalla la pesadilla estaba por terminar, para Samuel no acababa ahí.

Recuerda su esposa que al regresar del combate lo veía dormir inquieto. “Tenía pesadillas, hablaba dormido cosas como si estuviera en el campo. Pasaron semanas para que se le fuera pasando. Poco a poco volvió a la calma”, comentó.

Al terminar la guerra, Samuel fue trasladado a hacer servicio civil.

Trabajó 40 años como inspector de migración.

Hoy es un jubilado que comparte historias con su familia y amigos. Padece alta presión y diabetes. Tiene problemas en la vista y en los oídos debido a la enfermedad.

Nada de esto lo detiene para salir cada año a marchar con los veteranos de guerra en San Pedro Sula y mañana no será la excepción.

Las anécdotas son interminables, pero es el momento de la despedida. Como buen soldado hace el saludo. Su mano tiembla y entonces su esposa confirma que sufre la enfermedad de Parkinson.

Tras 44 años de la guerra solo tiene una petición: “Quiero que me entierren con el uniforme y las botas militares”.

Antecedente

Fue llamada también guerra del fútbol por la coincidencia de este hecho con un partido que enfrentó a las selecciones nacionales de El Salvador y Honduras. Fue una guerra breve de cuatro días.

La guerra distanció a Honduras y El Salvador durante 11 años, hasta octubre de 1980, cuando ambos países suscribieron un acuerdo de paz con la mediación internacional. El jueves fue recordado en un evento en Tegucigalpa.