Prodigioso músico sampedrano alcanzó tres licenciaturas, dos maestrías y un doctorado
Mario Alejandro Torres, experto en viola y director de orquesta, salió de la colonia Montefresco y ahora es profesor universitario de música en los Estados Unidos
- Actualizado: 10 de abril de 2026 a las 23:59 /
En las calles de tierra de la colonia Montefresco, una zona de clase media y media-baja en San Pedro Sula, entre las tardes interminables de fútbol y baloncesto y las risas de los niños que llenaban el aire, creció Mario Alejandro Torres, sin saber que muchos años después su nombre aparecería entre los más destacados músicos y académicos de Honduras que brillarían a nivel internacional.
Torres comenzó a forjar un talento que lo llevaría, en menos de dos décadas, a conquistar tres licenciaturas, dos maestrías y un doctorado, transformando la pasión por la música en una carrera internacional de excelencia.
Hoy, con 40 años, esposo desde hace 15 y padre de tres hijos, Mario carga consigo una historia que no solo habla de migración, sino de identidad, de raíces y de una música que nunca dejó de sonar dentro de él.
Mario tuvo lo que muchos llamarían una infancia plena, no había lujos desbordantes, pero sí estabilidad, amor y tranquilidad. Vivía en una casa propia junto a sus padres y su hermana, en un hogar donde nunca faltó lo necesario. Sus padres trabajaban lo suficiente para sostener una vida digna, lejos de las angustias que años después se volverían comunes en muchas familias hondureñas.
Eran otros tiempos, las maras y pandillas aún no pulsaban el ritmo del miedo entre la gente en los barrios y colonias, la delincuencia no dominaba las conversaciones ni eran el foco de las noticias, tampoco condicionaban los juegos de los menores. En aquellos años, entre finales de los 80 y buena parte de los 90, la calle era un territorio de libertad y tranquilidad.
En la colonia Montefresco, Mario corría tras un balón de fútbol o lanzaba tiros improvisados en partidos de baloncesto con amigos que hoy son apenas recuerdos, pero que en su momento fueron su mundo entero junto a su familia.
Si algo caló profundamente la vida de Mario fue el ambiente dentro de su casa, creció en una familia conservadora y guiada por la fe. Sus padres asistían a la iglesia con disciplina y devoción, y ese entorno espiritual moldeó no solo su carácter, sino también su sensibilidad.
Había algo especial en su hogar, algo que no todos notaban, pero que él absorbía, se trataba de la voz de su padre.
Todos los días, de manera rutinaria, su papá cantaba boleros, en su mayoría canciones llenas de nostalgia, de amor y de historias que parecían pertenecer a otro tiempo. Su voz era melodiosa, cálida y envolvente, y sin saberlo estaba sembrando en su hijo una semilla que crecería con el paso de los años.
Su comienzo
Mario escuchaba y, en ese escuchar, empezó a sentir. Fue allí, entre acordes y letras cargadas de emoción, donde nació su amor por la música.
Ya en la primaria ese interés comenzó a tomar forma, no era solo admiración, era necesidad. La música dejó de ser algo que venía de afuera y empezó a ser algo que quería construir con sus manos.
En la escuela Liceo Hondureño, ubicada entre los barrios Cabañas y Medina, tuvo su primer acercamiento real a los instrumentos.
En cuarto grado tomó una trompeta por primera vez, sin imaginar que ese simple acto sería el génesis de una vida entera dedicada al arte. No tardó en integrarse a la banda de guerra, tocó redoblante, bombo y lira, cada instrumento era un nuevo lenguaje para él y una otra forma de entender el mundo.
Su camino lo llevó a la escuela Victoriano López, era el año 1996 y Mario solo tenía la certeza de que la música era lo suyo. El proceso no era fácil, exámenes, audiciones, semanas intensivas, selección de instrumentos según capacidades físicas, y no bastaba con querer, había que demostrarlo.
Durante cinco años vivió una doble vida, con mañanas en la secundaria tradicional y tardes enteras dedicadas a la música.
Aprendió teoría, historia, coro, orquesta y eligió, o más bien, fue elegido por un instrumento que al inicio no amaba, como ser la viola. Sus manos largas, su físico, todo indicaba que ese era su camino, y aunque al principio no le gustaba, con el tiempo se enamoró de ella.
El amor por la música no se quedó en una ilusión de infancia para Mario, con el paso de los años, aquella pasión sembrada en la sala de su casa, entre boleros y la voz de su padre, empezó a convertirse en un propósito claro, uno que exigía decisiones difíciles y un salto al vacío.
Propósito último
Porque en Honduras, lo sabía bien, las oportunidades para una formación superior sólida en música eran limitadas, y si quería crecer, si quería honrar ese llamado interno que lo acompañaba desde niño tenía que mirar más allá de las fronteras, pero soñar, en su realidad, también implicaba hacer cuentas.
Sus padres no tenían las condiciones económicas para enviarlo a estudiar al extranjero, no era falta de apoyo, era la realidad de muchas familias de entonces, pues el deseo no siempre alcanza cuando los recursos son escasos.
Por eso, Mario entendió pronto que su única vía era una beca completa y en medio de esa búsqueda apareció la ventaja de haber aprendido a ejecutar la viola.
En aquel entonces no eran muchos los jóvenes que dominaban ese instrumento. Mientras otros competían en áreas más saturadas, él había encontrado un camino distinto y uno menos transitado, pero lleno de posibilidades, esa diferencia y ese detalle aparentemente pequeño terminó abriéndole puertas.
Audicionó para varias universidades y preparó su material con lo que tenía a su alcance, para entonces grabaciones en vídeo en DVD y casetes grandes que hoy son reliquias.
Aquel joven enviaba cada solicitud con una declaración de fe, y la respuesta llegó, fue aceptado en tres programas, pero no todo era tan simple.
Una universidad le ofrecía una buena beca, pero el costo total seguía siendo tan alto que aún debía pagar miles de dólares al año, por lo que era imposible. Otra institución le brindaba apoyo, pero exigía un nivel de inglés que en ese momento no tenía.
El sueño estaba cerca, pero aún no era alcanzable, por lo que tomó una decisión que cambiaría su vida. Fueron tres meses intensos para adaptarse con determinación absoluta y reconstruir desde cero un idioma que no era el suyo.
Una vez aprendido el inglés, llegó el momento de presentar un nuevo examen y fue así como alcanzó la nota que necesitaba para lograr la beca.
En 2006, Mario fue el único músico hondureño seleccionado para formar parte de la Orquesta Juvenil de las Américas, una experiencia reservada para talentos excepcionales de todo el continente, fue una oportunidad única y una puerta al mundo. Con esa orquesta realizó una gira en Europa llevando su música más allá de América, demostrando que el talento no tiene nacionalidad cuando está acompañado de esfuerzo.
Con el tiempo la vida cambió, como le sucede a tantos; se despidió de su rutina, empacó más que ropa, expectativas, miedos y esperanza. Dejó atrás aquellos juegos, la rutina segura y emprendió un camino que lo llevaría a Estados Unidos.
Así llegó a la Northwestern State University of Louisiana, una universidad estatal que no solo le abrió sus puertas, sino que le ofreció más oportunidades, allí comenzó una de las etapas más exigentes y transformadoras de su vida.
Mario no se conformó con una sola meta, mientras muchos luchan por completar una carrera, él decidió multiplicar el reto: cursó la Licenciatura en Música, Licenciatura en Programación y la Licenciatura en Administración de Empresas, todo al mismo tiempo.
Era una rutina que rozaba lo imposible, de días largos, noches aún más largas, horarios cargados, exámenes, prácticas y trabajos. Vivía prácticamente dentro de las aulas y con una disciplina que solo nace cuando el sueño es más grande que el cansancio.
Debía trabajar para cubrir gastos adicionales, para sostener lo que la beca no alcanzaba y cada dólar ganado llevaba detrás horas de enorme esfuerzo, y aún así no soltó nada.
Lo que parecía una carga insostenible, Mario lo convirtió en una hazaña personal, durante cinco años completó las tres carreras. Fueron cinco años que condensaron sacrificio, crecimiento, soledad, aprendizajes y también victorias, porque cada clase aprobada y semestre superado era un paso más lejos de aquel joven que dudaba si podría siquiera salir del país.
En los pasillos de la universidad, lejos de su tierra y de aquellas tardes de infancia en la Montefresco, Mario Alejandro dejó de ser solo un joven con sueños y comenzó a ser un músico completo, porque si algo hizo durante esos años no fue únicamente estudiar, fue superarse.
Escaló
Dentro de la universidad su relación con la música alcanzó otro nivel, la viola, aquel instrumento que en su momento le abrió puertas por ser poco común, dejó de ser una ventaja estratégica para volverse una extensión de sí mismo.
Perfeccionó su técnica, refinó su oído y aprendió a sentir cada nota con una profundidad que solo se logra con disciplina y entrega total, pero hubo algo más.
Mario no se quedó en el estudio individual, dio el paso hacia lo colectivo y comenzó a participar en orquestas y a formar parte de esa gama de sonidos donde cada instrumento es una voz, pero juntos cuentan una historia mucho más grande.
Allí, en medio de ensayos intensos y presentaciones exigentes, entendió el verdadero significado de la música, que no es solo ejecutar, sino escuchar, sincronizar y construir armonía con otros.
Su hambre de conocimiento no se detuvo con las licenciaturas, en el mismo lugar donde había aprendido a exigirse al máximo decidió dar un paso más y cursó la Maestría en Música, con concentración en viola. Era la profundización de todo lo que había venido construyendo desde niño, ahora llevado a un nivel profesional y académico.
En el año 2013 logró la hazaña y se graduó de sus tres licenciaturas, y como si eso no fuera suficiente, en 2014 obtuvo su maestría, pero para Mario, ese no era el final, era apenas otra transición.
Con una base sólida como intérprete comenzó a surgir en él una nueva inquietud, no solo quería ser parte de la música, quería guiarla.
Así llegó a Nueva York, una ciudad completamente distinta, más competitiva y más exigente, pero también llena de posibilidades. Fue aceptado en Ithaca College, una universidad donde decidió especializarse a través de la Maestría en Dirección Orquestal.
Allí el reto cambió, ya no se trataba solo de dominar su instrumento, sino de entender cada uno, de leer la música en su totalidad, de interpretar silencios, de liderar con precisión y sensibilidad.
La batuta, más que un objeto, pasó a ser un símbolo de confianza para él, con la capacidad de dirigir a otros músicos y de unir talentos individuales en una sola interpretación.
Mientras estudiaba, también trabajaba dentro de la universidad, era una vida nuevamente rodeada por el equilibrio entre responsabilidad y pasión, entre la necesidad de sostenerse y el deseo de seguir creciendo.
En 2016 culminó su segunda maestría, no era solo otro título, era la confirmación de un recorrido extraordinario. Aquel niño que escuchaba boleros en casa ahora no solo dominaba su instrumento, sino que tenía la capacidad de dirigir una orquesta completa, había cruzado no solo fronteras geográficas, sino también límites personales.
El camino para él nunca fue lineal, cada logro parecía abrir una puerta más grande, un reto más exigente, una meta más alta, y aún así nunca dejó de avanzar.
Luego de conquistar escenarios académicos y musicales en distintos estados de Estados Unidos, Mario decidió dar el paso hacia el Doctorado en Dirección Orquestal, su destino lo llevó a la University of Washington, donde enfrentó uno de los mayores desafíos de su vida profesional.
No era solo estudiar, era demostrar, crear y liderar. Durante ese proceso no se limitó a la teoría ni a las aulas y colaboró activamente con orquestas de la región, sumergiéndose en la práctica real de la dirección.
Entonces llegó algo aún más grande, fue director principal de tres orquestas en la región, no como un logro aislado, sino como parte de sus proyectos de graduación, era su carta de presentación ante el mundo académico y artístico. Ya para entonces no solo sabía dirigir, podía sostener, construir y elevar el sonido de una orquesta completa.
Mientras tanto, avanzaba en su tesis doctoral, equilibrando la exigencia intelectual con la intensidad del escenario.
En 2025 cerró ese capítulo ya con su doctorado completado, e incluso, antes de finalizar su posgrado, la vida ya le tenía preparado un espacio donde todo lo aprendido cobraría sentido.
En 2022 encontró un trabajo que no solo representaba estabilidad, sino propósito. Hoy, Mario es director de orquesta y profesor en la The University of the South, en Tennessee, donde dirige y forma a otros estudiantes.
Comparte su conocimiento en viola, enseña historia de la música, guía a nuevas generaciones que, como él en su momento, buscan un camino en el arte.
Sus logros
Cuando Mario Alejandro habla hoy frente a sus estudiantes no lo hace desde la teoría, no repite frases vacías ni vende sueños fáciles, les habla desde la experiencia, desde el cansancio acumulado, desde las renuncias que pocos ven y desde la vida que tuvo que dejar atrás para construir la que ahora tiene.
“No fue imposible sacar todos esos títulos”, dijo, con serenidad, en conversación con LA PRENSA Premium “pero sí fue un camino que hay que pensar bien”.
Hoy, como profesor mira a sus alumnos con una mezcla de exigencia y comprensión, sabe lo que implica querer abarcar demasiado.
“Si vas a sacar una doble licenciatura tenés que saber por qué lo hacés”, externó. “Yo saqué tres, Programación, por ejemplo, porque ya había trabajado algo de eso en Honduras, pero en mi vida profesional realmente no la he usado para vivir”.
Hizo una pausa, repasando su historia y continuó: “Administración de Empresas sí, eso me ha servido mucho, porque hoy manejo las finanzas de las orquestas que dirijo”.
“Pasé por mucho sacrificio, dejé atrás a mi familia, a mis padres, a mis amigos, mi cultura y mi comida, no estuve con mi esposa como hubiera querido. Hoy, con el conocimiento que tengo sé que volvería a mis años de adolescencia para exigirme más, estudiaría más y practicaría más instrumentos”, relató.
Con 31 años dedicados a la música, el hondureño se ha consolidado como un músico versátil y comprometido. Su instrumento principal es la viola, aunque también domina el violín y el piano.
A lo largo de su carrera aprendidó a tocar la guitarra, trompeta, redoblante, bombo, lira e incluso el banjo, un instrumento de origen africano.
Actualmente reside en el estado de Tennessee junto a su esposa, la hondureña Jenny Karina Ramos, y sus tres hijos MarcAndrés (7), AnaLilibet (3) y GemaEloise, de casi 2 años. Torres posee una visa de trabajo y espera pronto obtener su residencia permanente en Estados Unidos.
Más allá de su vida personal, el hondureño ha mantenido un fuerte vínculo con Honduras, asesorando a jóvenes que desean estudiar música en Estados Unidos y ha guiado a varios estudiantes en audiciones, logrando que sean aceptados con becas en universidades norteamericanas.
Además, ha impartido clases virtuales desde Estados Unidos hacia Honduras y ofrecido formación privada a nivel orquestal, consolidando su labor como un mentor.
Su curiosidad no se limita a la música, antes de la pandemia su pasión era la fotografía, participaba en un club con amigos y llegó a capturar imágenes del brazo de la galaxia en Seattle, un momento que le dejó una huella profunda y lo llevó a estudiar fotografía.
Con el tiempo formó un portafolio, aprendió técnicas de edición y adquirió equipo especializado, incluyendo telescopios y cámaras para capturar imágenes del espacio, aprovechando los vínculos que mantiene con amigos que trabajan en agencias como la NASA.
“Uno tiene que soñar y creer, pero eso no es todo”, afirmó, con tono inspirador, durante la entrevista.
“La preparación y la oportunidad de tener un instrumento son un privilegio en Honduras, hay que entender que el tiempo y la dedicación que le pongás a ese instrumento van a pagar el esfuerzo en este tipo de carrera. En Honduras hay mucho talento, pero el trabajo arduo es lo que realmente hace la diferencia, si uno tiene una meta específica hay que trabajar para lograrla”, añadió.
Torres recordó sus primeros años: “En mi segundo año en la Victoriano mi sueño era salir de Honduras para hacer música en el extranjero y convertir la música en una profesión. Mis sueños se hicieron realidad, pero no solo porque los deseé, sino por el esfuerzo, la dedicación y el tiempo invertido", exteriorizó.
"Creía que tocar un instrumento era todo, pero entendí que tener contactos y una buena comunicación interpersonal deja un mayor impacto y genera más oportunidades. Eso lo aprendí a golpes, conociendo músicos de talla internacional y me ha dado mucha experiencia”, apuntó.
El músico hondureño también compartió sus logros recientes. Este año fue invitado a dirigir uno de los festivales de música más importantes de Estados Unidos. El concierto que dará será en la celebración del 250 aniversario de la firma de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, un evento de gran prestigio.