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En las montañas de Talgua, Lempira, donde la vida se abre paso entre la agricultura y el esfuerzo diario, nació la historia de Yanixa Elizabeth Gómez, una mujer de 43 años cuya vida ha sido una constante lucha de perseverancia, amor familiar y resiliencia.
Proviene de una familia numerosa de seis hermanos. Su padre, agricultor de vocación, y su madre, ama de casa, sostuvieron el hogar con trabajo y sacrificios profundos.
“Para nosotros poder estudiar, mis padres se esforzaban mucho”, recordó como una verdad que impactó su infancia, durante su entrevista con LA PRENSA Premium. En aquel tiempo, cuando la organización Plan Honduras llegó a su comunidad, la realidad golpeó duro, su madre tuvo que decidir cuál de sus hijos continuaría estudiando, porque la educación era un privilegio limitado para ellos, no una garantía.
Fue así como Elizabeth, aún siendo niña, tuvo que separarse de su entorno y a los 11 años llegó a Santa Rosa de Copán para poder finalizar su sexto grado; allí estudió en la escuela María Medina, un lugar que se convirtió en el punto de partida de su formación y también de su destino.
“He conocido personas muy buenas en el camino”, dijo, con gratitud, pero la vida no le dio tiempo para prolongar la niñez y, como muchas niñas de su contexto, creció demasiado rápido: a los 13 años ya estaba trabajando en oficios domésticos, incluyendo labores como niñera, aprendiendo a sobrevivir en un mundo donde cada oportunidad debía ganarse.
En ese tránsito temprano entre responsabilidades y carencias también conoció personas que, según ella, marcaron su camino de forma positiva.
El destino, como suele ocurrir en las historias más duras, mientras trabajaba, la llevó a encontrar a su esposo, un constructor con el que ha compartido 26 años de vida. Tenía apenas 16 años cuando lo miró como una posibilidad de salida ante las dificultades económicas que había atravesado hasta entonces.
Un año después, a los 17, se convirtió en madre por primera vez. Desde ese momento su vida tomó un rumbo definitivo, se dedicó al hogar, a la crianza de sus hijas y a trabajos temporales que le permitieran sostener a su familia.
En los primeros años de su vida conyugal, a los 23 años de edad, trabajó en una fábrica de puros como operaria, esto se repitió durante cuatro años. Fue un trabajo duro, exigente, de largas jornadas y esfuerzo físico intenso, pero aún así lo enfrentó con determinación, mientras su esposo trabajaba y complementaba en el hogar en la medida de sus posibilidades.
También vendió productos en la calle como comerciante ambulante y elaboraba tamales y encurtidos desde su hogar para generar ingresos. Nada era suficiente, pero todo ayudaba, en casa, todo lo que se le presentaba lo tomaba como una oportunidad para sobrevivir y sostener a su familia.
En ese camino llegó una oportunidad clave para su vida, un empleo en el Gobierno como conserje a través de servicio civil. Lo aceptó sin pensarlo y aún sabiendo que el bajo nivel educativo era una limitante, al mismo tiempo era la posibilidad de estabilidad para sus hijas.
En ese momento la educación media era un requisito básico para acceder a mejores oportunidades, pero al mismo tiempo eso representaba un fuerte obstáculo en su vida laboral.
La oportunidad de trabajar como conserje en el Gobierno fue una puerta que decidió aceptar con la esperanza de mejorar su calidad de vida y la de sus hijas, pero no fue una decisión sencilla, la asumió como un punto de partida.
“Ese trabajo ha sido sacrificado y pesado, pero ha sido parte fundamental en mi vida”, expresó la abogada.
En 2013 ingresó al Instituto Álvaro Contreras de Santa Rosa de Copán como aseadora, puesto que mantiene hasta hoy y en el que lleva ya 13 años de servicio. Su trabajo consiste en limpieza de aulas, sacar basura, aseo de baños, áreas verdes, pasillos, movilización de pupitres, entrega de materiales, mandados fuera del predio y apoyo general en el centro educativo.
Durante los años anteriores y posteriores a su ingreso su mayor motivación siempre fue terminar su carrera y salir adelante junto a sus hijas, dándoles la oportunidad de estudiar. Ese pensamiento se convirtió en su fuerza diaria y en el impulso que la sostenía incluso en los días más difíciles.
También estar allí le ha dejado una profunda experiencia humana, en ese espacio ha convivido con estudiantes y maestros, acumulando múltiples vivencias de todo tipo.
Elizabeth relató que ha sido testigo de momentos muy sensibles dentro del entorno educativo, ha mirado alumnos llorar en una esquina por no haber aprobado sus clases y en más de una ocasión se ha sentado con ellos para escucharlos y compartir su propia historia de lucha.
Con el tiempo también ha sido testigo de los frutos de ese esfuerzo colectivo, de mirar a esos mismos estudiantes graduarse y acercarse a ella para agradecerle por las palabras de ánimo y por el impulso brindado en momentos de desesperanza.
Dos años después de haber iniciado ese trabajo, a los 32 años, tomó la decisión de comenzar sus estudios de séptimo grado a través del Instituto Hondureño de Educación por Radio (Iher).
“A los 32 años, estar en séptimo grado fue traumático para mí, pensé que iba a estar con niños, pero la mayoría éramos adultos”, manifestó.
Su sorpresa fue descubrir que no estaba sola, la mayoría de sus compañeros eran adultos como ella, y destacó por su excelencia académica, apoyada por su esposo, quien incluso en tiempos de trabajo como taxista se encargaba del cuidado de sus hijas. Para ella, regresar a las aulas en esa etapa de la vida fue una experiencia profundamente desafiante y a la vez transformadora.
Su rutina era agotadora, trabajo en la mañana, estudio en la tarde y noches de desvelo con audífonos escuchando grabaciones de contenido. “Lo que se empieza, se termina”, se repetía en su cabeza como un juramento personal.
En ese proceso tuvo un apoyo fundamental: su esposo. Él se encargaba de cuidar a las hijas en su tiempo libre e, incluso, en la etapa en que trabajaba como taxista las llevaba consigo, convirtiéndose en un respaldo clave para que ella pudiera continuar estudiando y trabajando al mismo tiempo.
El proceso no fue fácil; en ese momento su hija mayor ya estaba en el último año de su carrera, lo que hacía aún más exigente la carga diaria entre el trabajo, el estudio y las responsabilidades del hogar. Elizabeth organizaba sus días con disciplina, haciendo guías de estudio y se grababa para repasar las lecciones para no perder el ritmo académico.
“El cansancio me ganaba, pero era mi sueño lo que estaba en juego”, agregó la madre en conversación con este medio.
Hubo momentos en los que llegó a pensar en rendirse, en los que le decía a su esposo que ya no podía continuar, pero dentro de ella había algo más fuerte, un sueño que no estaba dispuesta a abandonar.
En 2018 se graduó del ciclo común, en 2019 inició Bachillerato por Madurez y en 2020 logró culminarlo en el Iher, el lugar donde comenzó todo.
Fue en 2021, en plena pandemia y bajo la modalidad de teletrabajo, cuando Elizabeth tomó una de las decisiones más importantes de su vida: buscar una universidad que le diera la oportunidad de estudiar. Comenzó a investigar distintas opciones hasta que encontró la Universidad Metropolitana de Honduras (UMH) en Santa Rosa de Copán, Copán, donde finalmente dio inicio el nuevo y desafiante capítulo de la educación superior.
Desde el principio lo asumió con determinación y a medida que avanzaba en sus clases repetía una frase que se volvió una motivación constante: “Es menos lo que me falta”.
Su vocación siempre había estado ligada al servicio y a la ayuda a los demás, pero también influyó profundamente en su decisión la realidad de vulnerabilidad y desigualdad de derechos que observa en el país. Ese contexto fue lo que la impulsó a estudiar la carrera de Derecho.
Su rutina diaria era exigente, trabajaba como aseadora en el instituto Álvaro Contreras en un horario de 9:00 de la mañana a 5:00 de la tarde, y sus clases universitarias iniciaban a las 5:00 de la tarde. Muchas veces salía del trabajo y se conectaba inmediatamente a las clases mientras iba en camino a casa. Al llegar continuaba sus estudios en la computadora, extendiendo su jornada hasta las 10:00 de la noche. Era una vida de esfuerzo continuo y sin pausas, mientras cumplía con sus responsabilidades laborales y académicas.
A pesar de las dificultades, Elizabeth ha sostenido a su familia con su salario de forma constante. Reconoció que, en gran medida, ha sido ese ingreso como aseadora el que ha permitido la estabilidad del hogar y la educación de sus hijas, especialmente cuando el ingreso de su esposo no ajustaba.
Se graduó como abogada en 2024, un logro que llegó cargado de expectativas y sueños construidos a lo largo de años de esfuerzo. Como toda persona que culmina una carrera universitaria, imaginaba un cambio inmediato en su vida profesional, especialmente la posibilidad de dejar su empleo en el instituto Álvaro Contreras y ejercer plenamente su nueva profesión.
Sin embargo, la realidad laboral fue distinta: su trabajo, como ella misma admitió, cayó bajo la influencia de las dinámicas políticas entre transiciones de gobiernos, lo que complicó cualquier proceso de reubicación.
Tras graduarse, presentó una solicitud en la Secretaría de Educación con la esperanza de ser trasladada a un puesto acorde a su formación profesional. El tiempo pasó y, en medio de cambios de autoridades y partidos políticos, comprendió que la respuesta no llegaría en el corto plazo. Aun así decidió mantener su estabilidad económica y continúa esperando esa reubicación desde hace dos años, sin perder su salario fijo.
También ha aprendido a reconocer la complejidad del ejercicio del Derecho, una carrera hermosa, pero con una alta competencia y exigencias constantes de preparación.
Como abogada ha tenido la oportunidad de atender casos relacionados con libertad condicional, divorcios, así como trámites administrativos como escrituras y dominios plenos, pero reconoció con honestidad que aún no ha podido ejercer la carrera en toda su dimensión, ya que continúa en un proceso de crecimiento y consolidación profesional.
Ha habido momentos profundamente frustrantes en su camino, instantes en los que el cansancio parece imponerse y el peso de la rutina se vuelve difícil de sostener, pero ella vuelve a una misma reflexión, ese trabajo que a veces se vuelve agotador fue precisamente el que le permitió construir su sueño y sostener el de su familia. Por eso lo ejerce con amor, respeto y dedicación, entendiendo que cada día trabajado ha sido parte de su proceso de bonanza.
Mantiene la convicción de que, en algún momento, se le dará la oportunidad de salir de ese puesto y ejercer plenamente su profesión, aunque actualmente cuente con una plaza permanente.
Lo que más le genera frustración es observar cómo, en ocasiones, la dinámica política coloca a personas en puestos que no necesariamente responden a méritos profesionales, mientras otros con preparación y esfuerzo siguen esperando oportunidades.
El desgaste físico ha comenzado a pasar factura en su vida, el esfuerzo repetitivo de barrer, trapear y levantar pupitres ha generado un desgaste importante en su cuerpo.
Elizabeth padece problemas en el hombro izquierdo, diagnosticada con tendinosis del supraespinoso, una condición que le provoca dolor e inflamación en el brazo.
Explicó que, al mover el hombro, siente molestias en la zona donde se forman los llamados “huecos” articulares, lo que incrementa el dolor, especialmente durante la noche. Además, presenta afectación en la mano derecha, con dolor e inflamación que se ha vuelto constante.
El dolor ha llegado a niveles que ya no ceden fácilmente con analgésicos, lo que ha complicado aún más su rutina diaria de trabajo. “Los analgésicos ya no hacen efecto”, contó, con preocupación.
Por esta situación se encuentra en tratamiento médico en el Seguro Social y ha sido remitida a Teletón para evaluación especializada. Los médicos han considerado la posibilidad de una intervención quirúrgica, tanto en la mano como en el brazo, debido al nivel de deterioro que ya presentan. La mano es la zona más afectada y la que genera mayores limitaciones en su desempeño diario.
Además, está en un proceso de valoración para posible reubicación laboral debido al grado de afectación que presenta. Su situación ha implicado incapacidades intermitentes, con períodos de descanso obligados que alternan con su retorno al trabajo.
Pese a este tormento, Elizabeth encuentra satisfacción en los pequeños —pero significativos— momentos de su día a día, cuando los estudiantes se le acercan a conversar, a agradecerle o a compartir sus preocupaciones. Esos encuentros le recuerdan el valor humano de su trabajo y la huella que deja en los demás.
“Mirar a los alumnos graduarse y que me digan gracias, eso no tiene precio”, expuso la madre, emocionada.
Incluso, relató, que en reiteradas ocasiones ha llegado a apoyar a personas dentro de la institución con casos legales o asesorías, quienes confían en ella, aun mirándola desempeñar su labor con una escoba sobre la mano.
Hoy más que nunca, Elizabeth espera que las autoridades educativas de Copán actúen y que se concrete una respuesta a su situación laboral, especialmente en lo referente a su reubicación, pero en medio de la incertidumbre, su reflexión personal se mantiene firme y serena.
“No me arrepiento de ser madre ni de haber trabajado para sacar adelante a mis hijas”, comentó, con firmeza. Reconoció que, en su juventud, muchas veces las decisiones se toman sin medir del todo las consecuencias, pero aún así afirmó con convicción que no se arrepiente de haber formado su familia ni de lo que ha logrado en su vida.
“Tal vez el momento fue difícil, pero he logrado lo que he querido", apuntó, con mayor madurez ahora.
Se siente orgullosa de su recorrido, de su esfuerzo y de todo lo que ha construido con trabajo digno, incluso desempeñándose en labores de aseo para sacar adelante a sus hijas. Para ella, cada sacrificio ha tenido un propósito claro de brindarles un futuro mejor.
Sus hijas Nicolle y Sherly Michelle Aragón representan el resultado más valioso de su vida. Mirarlas crecer, formarse y avanzar en sus propios caminos se ha convertido en su mayor victoria de vida.
Su hija Nicolle Aragóna es licenciada en Idiomas y docente en un colegio privado. Con mucho esfuerzo, Elizabeth le dio sus estudios superiores. En tanto, Sherly Michelle se graduó en Promoción Social y trabaja en una floristería.