Julia, la madre hondureña que surca sueños a bordo de un bus

Madre, esposa, trabajadora y estudiante: en Julia se reflejan muchas mujeres hondureñas, con sueños en un país fisurado por desigualdades sociales e inseguridad.

En conmemoración del Día de la Madre, LA PRENSA aborda la historia de Julia Cáceres, una hondureña que se sacrifica diariamente por sus hijos.

San Pedro Sula, Honduras.

El telón del día de Julia Cáceres (25), madre de una niña de 6 años de edad y un niño de 2, se levanta cuando el sol aún no aparece. A las 4:30 am., se prepara para salir rumbo a su empleo, como cobradora en una unidad de transporte público terrestre de la urbana ruta 2 de San Pedro Sula.

Allí, en el sosegado plantel de la empresa, en el sector de El Polvorín, entre el olor a combustible y aceite de motor, Julia aborda la unidad 59, un mediano coreano de 35 pasajeros. Este surca, con prontitud, los populosos sectores de Calpules, Satélite, Cabañas y Las Palmas, hasta alcanzar una de las zonas más exclusivas de la ciudad, entre los barrios Santa Anita, Guamilito y Río de Piedras.

El recorrido dura dos horas. Pasajeros abordan y desabordan casi cada minuto. Se dedica a esto desde que tenía 19 años. Entre vaivenes, Julia ha retornado al rubro, después de la pandemia. Sus compañeros sonríen mientras conversa con LA PRENSA. Dicen que ya es famosa, pero que le vendrá bien un poco más de fama. Es una de las varias madres que trabajan en la ruta.

Mientras esperamos a Julia, alrededor de las 4:30 pm., su esposo, que también se desempeña en el rubro, nos dice que está a punto de llegar. Con el equipo de grabación listo, vemos a Julia en la puerta del autobús rojo. Desciende desde la puerta, aún con el automotor en movimiento. Lo hace parecer instintivo. Nos saluda, después de marcar su tarjeta de llegada, con una sonrisa que puede notarse incluso por debajo de su cubrebocas.

Escucha la descripción de este trabajo periodístico y nunca replica temor o nerviosismo. Entre varias unidades, algunas en un eterno letargo, producto, por ejemplo, de las inundaciones de Eta e Iota, en noviembre, comienza a relatar cómo es ser mujer, madre, estudiante y trabajadora de la ruta.

"Para empezar, el tiempo que no se le puede disponer a los hijos es algo complicado, por la jornada laboral. Son largas. A veces llego y los niños ya están dormidos. En la mañana uno no puede cocinarles. No da el tiempo. Tenemos que salir temprano a buscar el pan", dice, en referencia al sacrificio que supone la jornada.

Rodeados de buses y entre esporádicos estruendos del freno de motor de camiones que pasan por los bulevares que rodean el plantel, Julia, quien solo dispone de 20 minutos para arrancar su quinta y última vuelta del día, subraya que existen días en que no logran sacar una ganancia. La crisis pandémica ha acentuado las falencias del rubro y lo recaudado en las millas recorridas lo destinan para la tarifa diaria, que es el pago que corresponde al dueño de la unidad.

"Es difícil coordinar el tiempo. A mis hijos me los cuida la abuela. Uno debe estar pendiente de si les hace falta algo. Atiendo mi hogar y me dedico a estudiar los fines de semana", relata, mientras sus compañeros, a algunos metros, observan atentos, entre ellos, su pareja sentimental.

Recuerda a sus hijos y cuenta: "Mi sueño es sacarlos adelante a ellos. Me gustaría y espero que tomen un buen camino. Que sean alguien. A mí me ha costado. Tuve que salir de mi casa cuando era muy joven, por problemas familiares. Entonces, yo quiero que ellos tomen un camino diferente".

Su deseo, dice, es pasar el Día de la Madre junto a su familia, con sus hijos. "Muchas mujeres hacemos un gran sacrificio por nuestros hijos. No es cualquier mujer la que aguanta trabajar en este rubro. La mujer que se dedica a trabajar es admirable", explica.

El rubro del transporte público terrestre no está exento de la discriminación. Julia explica que el machismo está presente, especialmente por ataques de pasajeros. Honduras es un país de remendadas realidades en materia de igualdad de género. "La gente lo trata hasta de ladrón a uno. Discriminan porque uno trabaja en los buses. Nos miran de menos", dice.

Al igual que muchas mujeres hondureñas, trabaja en un rubro sin garantías. No existen contratos y el día a día es la única vertiente. "Es más el riesgo que lo que se gana", sintetiza.

Polifacética, habla de sus sueños académicos. Julia alterna sus actividades en la ruta con sus estudios de bachillerato en el Instituto Manuel Pagán Lozano. En los próximos meses obtendrá su título. De allí en más, su anhelo es convertirse en universitaria. "Me gustaría estudiar ingeniería industrial. También me gustaría sacar cursos de enfermería. Me gusta mucho".

Al fondo, mientras Julia sonríe a la cámara del productor Zamir Montealbán, quien quiere capturarla para añadir sus imágenes en el reportaje audiovisual de este trabajo, resuena la voz del conductor de la unidad 59, indicando que es hora de partir y salir con rumbo al siempre azaroso recorido.

Mientras guardamos e indicamos al conductor de la unidad móvil que abordaremos la unidad y que debe ir tras ella, Julia nos grita que ya debemos irnos. Aún en movimiento, aunque no con la misma destreza de ella, subimos al bus. El camarógrafo danza por la unidad, vacía, para conseguir las mejores tomas, mientras avanzamos por una carretera alterna de terracería, que lleva hacia el bulevar del este, frente al parque industrial Zip Calpules.

Julia observa atenta y describe que esta es su esperanza de "hacer algo" en el día. Entonces, presenciamos la gallardía y la astucia que se necesita para ejercer este oficio. Este ha sido un día gris para conductor y cobradora. Desde la puerta, conversa con el conductor. "¿Cuánto falta?", le pregunta, en referencia a los minutos restantes para marcar la tarjeta de paso en el próximo reloj, estratégicamente ubicado en un sector cercano.

"Son 20 lempiras por cada minuto de retraso. 50 si es en la mañana", explica. Los primeros compases cuando vislumbramos el cúmulo de obreros que salen de su jornada laboral en Calpules, son de Julia moviéndose en busca de los pasajeros.

Ya espera una unidad en turno, cuando llegamos. El flujo es constante, de vehículos y personas. No todos viajan en la ruta 2, pero Julia pregunta y ofrece el servicio. "Este sale. Suba. La 2, la 2.", dice a cada persona que circula por el sitio.

Suben los primeros pasajeros. El pasaje tiene un valor de 10 lempiras. Se cobra minutos después, entre el contoneo derivado de las habilidades del conductor y el estado de la carretera. Julia acumula convencidos. Más personas suben. Renace la esperanza de lograr algo en el día, en un recorrido que apenas empieza.

A algunos metros, uno de sus compañeros observa atento. Su curiosidad despertó no por las cámaras u otra escena, sino porque es el próximo en posicionarse "en meta", como le denominan en el rubro a estar en turno de salida. "Vaya, vaya", le dice, mientras gesticula ofreciendo que nos vayamos. La competencia, incluso entre compañeros, es alta. Todos desean llevar algo de dinero a sus familias y la afluencia de pasajeros se ha reducido a consecuencia de la pandemia.

Ya con casi todos los asientos del bus 32 ocupados, abordamos otra vez la unidad, mientras Julia intenta reclutar a otros pasajeros más y lacerar la sequía de usuarios durante el día. Desde que abordamos, se ha olvidado de nosotros. Se ha puesto el traje de su labor y dedicado exclusivamente a acumular pasajeros.

Escoltando viene la unidad móvil de LA PRENSA. Julia ordena al conductor detener la unidad, en la puerta de la extensa 33 calle, para que nosotros, que buscamos registrar las imágenes de la madre hondureña desde afuera, abordemos la unidad que nos trasladó hasta el lugar.

No rehusa en despedirse y sonreírnos, además de agradecernos, solo porque sí, dado que somos nosotros quienes le agradecimos y debimos agradecerle. Entonces, nos encontramos tras la unidad, ahora, mientras Julia, contagiada de una actitud osada, llama a transeúntes a orilla de la carretera a abordar.

Entre cada 50 metros, la unidad desacelera para subir pasajeros y acelera con la premura y la presión del avance del reloj, mientras Julia desciende de ella para, de alguna forma, acompañar el abordaje del pasajero, en cuestión de segundos, que pueden ser cruciales para que, al final del día, sobre las 8:00 pm., lleve a casa dinero que servirá para comida y otros gastos. Nuestro recorrido termina allí, mientras el de Julia continúa hasta regresar al mismo punto, casi dos horas más tarde.

La Prensa