Por la boca muere el pez, dice el adagio. Por esa misma razón, si usted, montaraz jeque de la politiquería criolla, no sofrena la lengua, pasará a formar parte de los tarecos viejos en el cementerio de la Historia.
La palabra, si no se sabe manejar, es un bumerang revertido contra la mollera de quien quiera denostar a otros. Eso ocurre con el presidente del Congrezoo Nacional de Corruptonia. Su desfasado lenguaje troglodita, en contra de sus contendores, es propio de un chofer de ruta de los tiempos de la Guerra Fría. Reflejo de una mente 'quedada', saturada de la ideología de sus pariguales cachurecos, cuando se aplicaba la infalible fórmula de 'darle el agua' a los contrarios, en la época del encierro, entierro y destierro.
Descalificar al disenso de sus compañeros de Gobierno con un palabrario de troquero mal avenido, sólo por el simple hecho de no prestarse a su hambre de poder, a la que le vale un comino 'violar la constitución cuantas veces sea necesario' si ello es a su favor, lo dibuja tal como es: un autócrata de tomo y lomo.
'La constitución es pura babosada', según el dictamen que, para la politiquería nacional hizo, en el reciente pasado, otro 'ilustre' yoreño de cuyo nombre no quiero acordarme. Por más señas, uno que también fue presidente del Congrezoo. Parece que el síndrome yoreño es peor que una enfermedad infectocontagiosa.
Y no es que satanicemos el lenguaje popular. Prácticamente, es nuestra arma de trabajo cotidiano. Sin embargo, sabemos en qué momento usarlo. Nada mejor que una 'mala' palabra empleada en el momento oportuno. Recuérdese aquella con la que García Márquez culmina una de sus mejores novelas. Lo incorrecto, en su caso, don Roberto, es que, desde su alta magistratura, lo aplica sin el sentido de dignidad y de respeto con el cual se deben manejar los asuntos de gobierno, dentro del mismo equipo global de trabajo que usted conforma con otros funcionarios de su mismo partido y de su misma gobernatura melista y también melífera y melonera.
No nos engañemos. El ser humano es su lenguaje. El estilo es el hombre, sentenció el célebre Bouffon. El suyo, don Roberto, está calcado de los tiempos cavernarios del hermano Tavo y de su cómplice Rosuco. Ello lo pinta de cuerpo entero como un hombre anclado en el más espurio conservadurismo