Otelo, protagonista del drama del célebre William Shakespeare, mata a Desdémona, su mujer, por una pasión ciega e irrefrenable de celos. Como siempre, después del crimen cayó en la cuenta no sólo de la barbaridad cometida contra su esposa, sino de que había sobrepasado los límites de la razón. Desdémona es un símbolo de la mujer que muere a manos, no sólo del marido, sino de cualquier hombre.
Desdémona, la fiel mujer que está siempre atenta a agradar en todo a su esposo para no contrariarlo, por amor, es el espejo de la obediencia, la sinceridad, la sumisión sin réplica, la ternura, la paciencia y la entrega total.
En Honduras aún se ve este modelo de mujer en el campo y en la ciudad. No importa el nivel social, es algo que está metido en la raíz misma de la cultura hondureña.
Aquí no juzgaremos si esto es bueno, malo o si es la razón por la cual mueren decenas de mujeres a manos del sexo opuesto cada año en suelo hondureño. De lo que sí estamos ciertos es de que Otelo anda suelto, sí, como si se tratase de un demonio que ha dispuesto sacarse todas sus pulgas con esas pobres desdémonas indefensas y de frágil naturaleza. Hay quien piensa que Otelo anda asesinando en serie aquí y allá a todas aquellas mujeres que les plazca.
No es una broma este asunto ni es un cuestión anecdótica, caprichosa o de simples elucubraciones. En el 2003 murieron, hablo siempre de violencia de género, 111 mujeres; en el 2004, 138; en el 2005, 188; en el 2006, 171; en el 2007, 150; y en lo que va del año 2008, que yo sepa, 15 mujeres. ¡Uf!, me da escalofrío. El diario La Tribuna de Tegucigalpa publicó en versión digital el 2 de diciembre de 2007 este dato: entre los años 2002-2005 se perpetraron 2,933 feminicidios, una cifra que me da vértigo y espanto.
Cada dígito es un ser humano, una mujer, Desdémona, que ha perdido la vida. ¿Bastan la Fiscalía de la Mujer y los Derechos Humanos?
Otelo canta rancheras, hace cine, actúa en telenovelas, viste de militar, de empresario, de albañil y barbero; es político, bohemio, donjuán, héroe.
Nuestra cultura está bien abastecida de otelos y mientras cantemos 'yo sigo siendo el rey', opacamos la visión de Jesús de Nazaret que, lejos de aplaudir la lapidación de la mujer adúltera, que con tanto gusto lo habrían hecho los que la acusaban, la defiende.