18/04/2026
07:21 PM

El zar de todas las Rusias

Allá por 1850, Alejandro III decidió construir un ferrocarril que uniera Moscú con Vladivostok, el puerto ruso más hacia el este, ubicado en el Mar del Japón.

    Allá por 1850, Alejandro III decidió construir un ferrocarril que uniera Moscú con Vladivostok, el puerto ruso más hacia el este, ubicado en el Mar del Japón.

    Con esa idea en la cabeza, llamó a sus ministros y les ordenó que hicieran el diseño y elaboraran el presupuesto.

    Los ingenieros salieron al campo, a estudiar el terreno y, después de penosos viajes y complicados estudios, se presentaron ante el zar para informarle el resultado de sus gestiones.

    El territorio que debería cruzar no sólo era extenso, más de 9,000 mil kilómetros, sino que además también muy complicado: estepas, llanuras, lagos, montañas, etc.

    El zar, quien no sabía nada de ingeniería, ni tenía experiencia en ese tipo de proyectos, no pudo entender planos ni mapas, estudios de suelos y todas esas cosas que tenía ante sí, los cuales en realidad eran complicados y, además, de un alto costo.

    Dicen los relatos que después de un tiempo de mirar perplejo aquellos papeles, tomó una regla y, trazando una línea recta entre Moscú y Vladivostock y les dijo: '¡Así lo quiero!'.

    ¿Quién se atrevía a desobedecer al zar de todas las Rusias?

    El ferrocarril fue construido exactamente como el zar lo ordenó, la cabeza de quien desobedecía estaba en juego, y desde entonces ha prestado un gran servicio.

    Lo malo del caso es que, como el trazado fue totalmente empírico, debido a la ignorancia del zar, la construcción fue realizada por prisioneros casi esclavos, miles de los cuales murieron en la obra.

    El trabajo duró más de 50 años y costó muchísimas veces más de lo presupuestado por quienes sí sabían.

    Otro tipo de megalómano, Hitler, entraba en estados de cólera cada vez que un ingeniero, economista, planificador o médico contradecía sus ideas sobre cualquier tema, incluyendo asuntos totalmente profesionales, pues en el fondo de su mente creía que sabía más que todos en todos los campos.

    En medio de arrebatos de cólera echaba espuma por la boca y estrellaba su cabeza contra las paredes y muebles gritando: '¡Estoy rodeado de inútiles!'.

    Obviamente el fuhrer sabía más que todos los profesionales juntos.

    Al otro lado del Atlántico, recién inaugurado el gobierno de Fidel Castro, se esparció el rumor de que mientras se celebraba una reunión de gabinete y, ante la necesidad de nombrar un director para el Banco Central, Fidel preguntó a sus colaboradores si alguno era economista.

    El 'Che' le dijo que él era economista, por lo que inmediatamente fue nombrado para esa alta y delicada posición.

    Poco después, en una reunión privada, Fidel le dijo esta frase al médico de origen argentino: 'Mira Che, yo no sabía que eras economista'. A lo que el recién nombrado funcionario respondió: '¿Economista? ¡Yo creí que habías dicho comunista!'.

    Muchos cubanos atribuyeron parte de la culpa por la desastrosa situación que les ha tocado vivir a la ignorancia del Che en ese campo y a la negativa de Fidel a reconocer su error, ya que lo mantuvo en el puesto hasta que las finanzas cubanas quebraron.

    Luis XIV de Francia fue el autor de la famosa frase 'el Estado soy yo', atribuyéndose al mandato divino más sabiduría que todos los ciudadanos de su reino.

    Las alturas marean, los emperadores romanos siempre tenían cerca un hombre que, en los momentos de mayor gloria, le susurraban al oído: 'Recuerda que sólo eres un ser humano'.

    Hace falta uno de estos hombres en Honduras.