Estas últimas semanas, uno de los debates en todo el mundo se ha centrado sobre esta red social. Y con razón, ya que las reglas del juego que la han mantenido vigente pueden cambiar a raíz del anuncio del magnate Elon Musk, quien ahora tiene en suspenso la decisión de comprarla. Si la adquiere, él ha prometido defender la “libertad de expresión”, un tema polémico porque aún no está claro qué entiende por libertad de expresarse y cómo debería conseguirla en una plataforma sobrepoblada como Twitter. Eso, además de cuadriplicar sus ingresos, como esperaría cualquier inversionista.

Están los críticos porque la red facilita la impunidad de quienes la usan para acosar, insultar, humillar y amenazar a otros, los que alegan que no se pueden admitir los ataques de odio y menos cuando se usan cuentas anónimas para esconderse y despotricar contra quienes no piensan igual, porque no pertenecen a su partido político o para descargar sus resentimientos y homofobias. Son los que abogan para que no se permita más el anonimato en las cuentas digitales, que nadie se oculte al opinar o ejercer su derecho a la libre expresión. En cambio, otros tuiteros defienden que el anonimato es una opción viable y necesaria para la libertad de pensamiento, sobre todo en países donde se vive en un ambiente de represión con Gobiernos autoritarios, donde las críticas pueden llegar a costarle la cárcel a quienes lo hacen abiertamente contra funcionarios y Gobiernos intolerantes.

¿Qué es “libertad de expresión” para este magnate que ofrece comprar Twitter? Para que esta plataforma merezca la confianza, ha dicho, “debe ser políticamente neutral, lo que significa molestar a las extremas derecha e izquierda por igual”. También dice que tiene en planes acabar con los bots, los comportamientos abusivos y el “spam”, y buscaría que detrás de cada cuenta o tuit “haya una persona con nombre y apellidos, y no robots que ejecutan acciones previamente programadas”, es decir, la verificación de cuentas para que todos deban identificarse con nombres y apellidos reales para entrar. O sea, puedes destilar odio, siempre y cuando sea bajo una cuenta real, según se interpreta de quien se define como defensor de la democracia y un “absolutista de la libertad de expresión”. Los límites serían las leyes en cada país.

En los próximos días veremos si la red social es comprada y sus cambios; si hay un nuevo dueño que acabe con el anonimato y si lo hace para afianzar mayor responsabilidad de sus usuarios. Si eso pasa, seguro no vamos a extrañar a muchas cuentas anónimas que al final solo sirven para calentar cabezas y el ambiente.