La elección del nuevo rector de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (Unah) ha dejado ver, una vez más, que, en Honduras, todo, absolutamente todo, tiene un tinte, una mancha más bien política. Se politiza la salud, la educación, las actividades gremiales, la impartición de justicia, en fin, todo. Y eso no es bueno, no es saludable, porque con un panorama político en el que campea la inmadurez y el sectarismo, en el que los verdaderos intereses del país pasan a segundo plano, todo se corrompe, pierde su verdadero sentido y dirección.
Lo anterior ha hecho que, históricamente, los funcionarios no sean nombrados por sus méritos o capacidades sino por su filiación partidaria; que el engranaje gubernamental esté conformado por activistas y no por profesionales con méritos propios o que, individuos poseedores de conocimientos totalmente ajenos a los necesarios, asuman, con absoluta ignorancia de los asuntos que deberá tratar, cargos para los que no están preparados.
De ahí la razón por la que la marcha de las cosas públicas es tan lenta o tan torpe, o que los gobiernos arranquen casi hasta el último año de gestión. Porque las curvas de aprendizajes no son lo ágil que deberían ser debido a las características de los funcionarios de todos los rangos.
Aquí se mezclan lo servicios hospitalarios públicos con el partido en el poder, los contratos de bienes y servicios con los intereses de los gobernantes y sus allegados y la seguridad de los ciudadanos con la de las familias de los círculos de poder político.
Por eso es que hay tanta gente joven que no le encuentra sentido al hecho de estudiar una carrera universitaria o que sueña con emigrar hacia otras latitudes en las que se tomen en cuenta sus méritos. Porque si basta con la militancia en un partido para asegurar un puesto de trabajo, poco sirve quemarse las pestañas estudiando.
El gran problema es el futuro que nos espera. Si los incapaces o los mediocres dirigen el Estado pesará una grave hipoteca sobre el desarrollo de la nación. Y este ha sido una serie dificultad que ha enfrentado Honduras década tras década. El nepotismo, los compadrazgos, el clientelismo, etc. impiden que se ocupen del país los mejor formados, los más capacitados, las mujeres y los hombres que podrían llevar a la nación por mejores derroteros, por rutas de desarrollo, por caminos de progreso. Pero, mientras ese día llega, Dios salve a esta tierra.