Una vez que ha pasado el Día del Amor y la Amistad merece la pena hacer algunas reflexiones sobre la celebración y lo que se festeja, esto con el fin de que no todo se haya quedado en las felicitaciones y en el gasto.
Decían los filósofos clásicos, Santo Tomás de Aquino, entre ellos, que, además de su mundo intelectual, el ser humano posee un riquísimo universo afectivo. Esa potencia del alma, como se le llama en Metafísica, es la que permite que nos aficionemos a algo o a alguien, y que podamos padecer una serie de emociones, sentimientos y pasiones.
Sin afectos el ser humano estaría por debajo, incluso, del reino animal, y más cerca de ser una suerte de cosa, de ente inanimado, en fin. Pero, afortunadamente, no es así. Las personas somos capaces de amar, de poner el corazón en otros, de procurar la felicidad de los que nos rodean.
Lo que sí habría que rectificar es el hecho de pensar que el amor debe expresarse y manifestarse solo en estas fechas o caer en el error de creer que unas flores, una cena, o cualquier otro regalo son suficientes para hacer consciente al otro de lo que sentimos por él.
La verdad es que el amor se muestra más bien en el trato cotidiano, en el día a día, en la convivencia no siempre cargada de romanticismo y, muchas veces, más bien, llena de cansancio, de tensiones en el trabajo, en la locura del tráfico, en la crianza de los hijos, en las cuentas por pagar, en la falta de salud, en los estados de ánimo no siempre estables, en una existencia en la que no faltan las rutinas malas y las malas noticias. Ahí, en esa interrumpida cadena de dolores y gozos, es donde se vive el amor auténtico, el verdadero, el que va más allá del placer y se aproxima más al deber.
Ese es el amor que, probado por el fuego, permanece veinte, treinta, cuarenta o más años, después de aquel “sí acepto”, no siempre pronunciado con absoluta convicción.
Porque es hasta después de pasar la prueba de lo cotidiano cuando el amor se asienta, se solidifica, se fortalece. El amor que ha superado la prueba del tiempo es el que permite que la fundación de una familia deje de ser una aspiración difusa y se vuelva una contundente realidad.