Las promesas durante la campaña van en aumento a medida que se acerca la jornada electoral. Hay para todos. Sabemos por experiencia que “una cosa es verla venir y otra platicar con ella”, lo que se complementa con aquello de “no es lo mismo predicar que dar trigo”, o aquel otro dicho utilizado por el expresidente uruguayo José Alberto Mujica: “Del derecho al hecho hay un tranco bárbaro, y esa es la deuda que tenemos por delante, por eso la democracia nunca está terminada”.

Las promesas abarcan de todo, pero más que nada la bolsa, como aquella de proporcionar una ayuda masiva mensual, o aquella otra de la disminución de los impuestos sobre la renta y venta, o aquella otra más ilusa y traída del reciente ayer de la Honduras con nuevos cimientos.

Casi nada, una utopía que no pasará el 28 noviembre cuando comience la nueva administración a conocer al detalle el debe y el haber, cuando tras la euforia en el estadio Nacional comiencen el estira y el afloja de los compromisos e influencias en el aparato administrativo, cuando todavía haya quien pida contar y recontar los votos porque su utopía personal desapareció aun antes del escrutinio.

Todo ello es intrínseco a la labor proselitista con el fin de ganar la voluntad para reflejar en las urnas una decisión favorable, lo cual adquiriría dimensión de veracidad y bien común si el electorado manifestase desde ahora mismo criterio personal y colectivo en cada una de las promesas, de tal manera que no se cumpliese lo que señala la sabiduría popular: “comulgar con rueda de molino”.

He aquí el gran fallo y la causa principal de que los candidatos se desboquen y todo sea poco para prometer, de manera que día tras día, en cascada, escuchamos las ofertas que como gratitud por el respaldo en las urnas proporcionan los aspirantes, muchos de los que serán conocidos en sus vecindarios o en el ámbito familiar, particularmente quienes aspiran a ocupar una curul o a recibir el honorable título de miembros del Parlamento regional.

Nos acercamos al fin de la campaña publicitaria y al abuso de “tú eres... y yo soy”, por lo que habrá un ambiente más propicio para una serena reflexión, ausente en la mayoría del electorado. Son días para olvidar las palabras y calibrar la personalidad de los candidatos: responsables, honrados, veraces, justos, prudentes y respetuosos.

La conclusión el domingo 28 en las urnas con respuesta consciente, racional, no emocional, y con plena libertad de lo mejor para el país.