Para algunos suena como ironía la celebración del 1 de mayo, Día del Trabajador, sin trabajo, que en nuestro caso es una de las grandes deficiencias, pues en Honduras las leyes protegen al trabajador, pero es altísimo el índice de desempleo, con un 68% de la población activa sin oportunidades de trabajo o en situación de empleo precario o temporal. Las estadísticas están ahí, su explicación o interpretación dan para todo, pero lo real es la urgente necesidad, cada vez mayor, de integrar al campo laboral a un mayor número de hondureños, particularmente a las generaciones jóvenes, cuyas ilusiones son frustradas en las primeras experiencias para conseguir un trabajo, lograr un salario como puerta que vaya abriendo el ingreso a oportunidades y que proporcione sentido a la vida.
La demanda de una jornada laboral de ocho horas: “Ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa”, fue la consigna de aquellos primeros movimientos en el siglo diecinueve en pleno desarrollo de la Revolución Industrial. Hoy son otras las exigencias enmarcadas en la creación de empleo, en la calidad del trabajo, en el salario justo y en las oportunidades de crecimiento en el trabajo que valore en toda su dimensión el desarrollo integral de las personas, sus necesidades familiares y sus aspiraciones de participación plena en la sociedad.
“Hacen con que nos pagan, hacemos como que trabajamos” es el argumento simple a las deficiencias en la productividad que sirve de explicación a quienes se aferran a una baja retribución salarial con mayor beneficio para el capital; pero también excusa para quienes “trabajan” sin trabajar.
Que cada año suene menos a ironía la celebración del Día del Trabajo, Día de los Trabajadores, Primero de Mayo, sin trabajo.