Si como dice Luis Suárez, artífice junto a los jugadores sobre el césped, de la presencia de los colores nacionales en Brasil 2014, “el fútbol es para celebrarlo no para sufrirlo”, los hondureños lo hicimos a lo grande al terminar el partido en Jamaica y más aún los burócratas a quienes se les entregó en bandeja la jornada laboral de ayer para reponerse del desvelo y del desgaste físico y emocional.
La tensión desbordada en el primer minuto del partido con el gol tempranero, contrarrestado segundos después, fue el aumento no solo por las jugadas en el estadio de Kingston, sino por el desarrollo de los partidos en San José y Panamá. El istmo estaba atrapado con las palabras Jorge Luis Pinto, entrenador de Costa Rica: Tres equipos de Centroamérica a Brasil.
Honduras llegó a la final de la hexagonal dueña de su destino sin necesidad de mirar a derecha o izquierda o esperar el gol de último minuto de otro equipo. Ello, sin embargo, no restó ruido, colorido y alegría a la celebración que desde el pitido final del árbitro inundó bulevares, calles y plazas. No era para menos.
Habrá no pocos que califiquen de excesiva esta expresión masiva que se prolongó hasta en horas de la madrugada. Sin embargo, en un ambiente tan golpeado, presionado y apresado por lo negativo y las recurrentes crisis el triunfo en el fútbol, pasión de multitudes, suaviza efímera y superficialmente el dolor cotidiano de las heridas producidas por la violencia, el desempleo, la enfermedad y la pobreza.
Desmedida la decisión presidencial de otorgar feriado en la administración pública que ya resiente en este mes la secuela de las fiestas marcadas en el calendario. La de ayer, a media semana, con el nerviosismo del martes a la espera del partido en la noche, obstaculiza los esfuerzos del sector trabajador por disminuir las secuelas de la crisis generalizada que no muestra indicios de solución.
Los hondureños disfrutamos esta victoria deportiva que, como las dos veces anteriores, nos ubican en la vitrina mundial como fruto del tesón, de la ilusión, de la planificación y del trabajo. No es un espejismo y aunque nos hallemos a años luz de las potencias futboleras en Brasil estaremos en la misma cancha, con noventa minutos por delante, con un equipo de once, cuya mira estará en la portería contraria, y con ocho millones de hondureños con el grito de gol en los labios.
El triunfo que nos enrumba al Mundial del próximo año debiera hacer escuela y transformarse en proyecto serio para ayudar, respaldar y organizar el fútbol infantil y juvenil donde nazcan las estrellas que nos den la alegría de participar en la justas mundialistas y ocupar un lugar de privilegio en el área.
Es el momento de disfrutar, pero también de trabajar, de unir esfuerzos y eliminar las fuerzas disociadoras para garantizar otros triunfos.