26/02/2024
02:38 PM

Las comunidades “devoradas” por el mar

    Aunque hay todavía escépticos que niegan la existencia misma del cambio climático y de sus devastadoras consecuencias en la vida de los que habitamos este planeta, basta con contemplar lo que ha sucedo en ambas costas de nuestra geografía.

    Medios de difusión internacionales han destacado en más de una ocasión la situación que, desde hace tiempo, han vivido algunas de nuestras poblaciones ubicadas al sur del país. Cedeño y Los Delgaditos han debido internarse cada vez más tierra adentro porque el mar ha “devorado” casa tras casa, incluso un hotel completo, compuesto por varias cabañas, quedó bajo el agua.

    En la zona de Omoa, además de todo el problema que se tiene con las toneladas de basura que transporta desde el interior de Guatemala el río Motagua y que luego llega a lugares tan lejanos como Trujillo, el mar también ha transformado las costas y ha vuelto inhabitables comunidades enteras.

    El problema, por supuesto, no es local, sino mundial. Cada cierto tiempo se lanzan advertencias sobre el peligro que la subida del nivel del mar representa para ciudades tan populosas como Nueva York, Shanghái o Manila.

    La naturaleza tiene sus propias normas y el ser humano debe adaptarse a ellas, y no al revés.

    Es cierto que la inteligencia humana es capaz de controlar muchos de los fenómenos naturales, pero cuando se destruye violentamente el delicado equilibrio entre el hombre y su entorno, las consecuencias no se hacen esperar.

    En un país tan vulnerable como el nuestro, ubicado muy cerca del Cinturón de Fuego de América y en el camino de tormentas y huracanes del norte y del sur, debe fomentarse una mayor conciencia ambiental que nos lleve a mirar con respeto y a no desafiar tontamente las fuerzas del cosmos.

    Hace falta una verdadera educación ambiental, desde la educación preescolar, y una legislación que busque un mejor ordenamiento territorial y trate con dureza los actos que vayan en contra de la conservación de nuestra flora y nuestra fauna, así como, de una vez, asegure los límites de nuestras áreas protegidas.

    Habría que estar en la piel de la gente de nuestras costas, que ha perdido todo debido a los caprichos de la naturaleza, exacerbados estos por la irresponsabilidad de los que aquí vivimos.