Llegó, incluso antes que otros años, el tema de la quema de pólvora en Navidad y los peligros a que están expuestos los niños, pues los medios han publicado la quema de lo decomisado y dado cuenta de la primera víctima, un menor a quien la explosión de un petardo le cercenó tres dedos de una mano.
Pese a que se hicieron los cálculos del costo de la atención al menor, 500,000 lempiras, el daño mayor se ha infringido a la integridad corporal y a la salud y estabilidad mental del niño. Con una calificación de accidente se cubre todo o con la expresión conformista “tenía que ocurrir”, se pasa la hoja y se desvía hipócritamente la mirada hacia otro lado, mientras han de hacer “milagros” en área de quemados en el hospital, cuyos recursos apenas alcanzan para atenciones rutinarias.
La campaña Navidad sin pólvora ha ido agarrando fuerza a través de los años, pero el ruido y el humo de los explosivos se hallan tan arraigados en la tradición que para algunos es un esfuerzo inútil y para muchos una iniciativa con resultados a muy largo plazo siempre que se mantenga vigente y desaparezcan las islas locales en las cuales la legalidad concentra los puestos de ventas con alcance a los municipios vecinos.
Ya es hora en que el material explosivo se halla en bodegas con grave riesgo para personas y negocios cercanos. El ruido en aumento de cohetes y petardos irá recordando que la Navidad está ahí.
Eliminar el peligro y reducir el riesgo es tarea de quienes está obligados a hacer cumplir la ley, pero es mayor la responsabilidad de los padres de familia que para sacudirse por un rato a los niños les compran o les dan dinero para que ellos adquieran los explosivos.
Los vendedores también entran en el círculo maligno contra la niñez en estos días y no es queramos satanizar o atentar contra los beneficios de una actividad legítima y legal como es el comercio, sino que la protección de la niñez debe ser tarea de todos, autoridades y familias.
Los primeros indicios cuando aún falta algo más de un mes para las festividades han de hacer saltar las alarmas para reforzar los controles, buscar en aquellas zonas, conocidas por los policías municipales, donde se almacena el producto y desarrollar a través de los medios una campaña para concienciar a los adultos de los peligros y riesgos que conlleva la manipulación de explosivos, particularmente en los niños.
La alegría de la Navidad será mayor si la satisfacción colectiva se refleja, al final de la temporada, en la disminución significativa de daños en los niños por la pólvora, pues, desgracidamente, no podemos alcanzar ya el objetivo de ningún menor quemado.