Se decidió oficialmente que junio debía ser el apropiado para conmemorar el Mes de la Identidad Nacional, habida cuenta de que fue cuando nuestro país fue invadido por tropas salvadoreñas en afán de conquista territorial que le permitiera tener acceso directo al mar Caribe, apoderándose de un corredor desde la frontera en Ocotepeque para concluir en Cortés.
Fue gracias a la unidad de pueblo y Ejército que tal pretensión expansionista fue contenida y rechazada con saldo de civiles y soldados muertos en defensa de la patria.
En la movilización general estuvieron presentes jóvenes y adultos, civiles y uniformados, pobres y pudientes, logrando alcanzar consensos unitarios que permitieron superar diferencias de clase social, consideraciones político-partidarias y disímiles niveles culturales.
Las causales estructurales para tal guerra se encuentran, entre otras, en el desequilibrio comercial cada vez más perjudicial para Honduras en el marco del Mercado Común Centroamericano, la indefinición fronteriza al negarse los gobiernos salvadoreños a las negociaciones y al arbitraje internacional para resolver la disputa, la crisis interna en el vecino país debido a la concentración de la riqueza en pocas familias oligárquicas que, junto con la Fuerza Armada, perpetuaban el fraude electoral que negaba por la vía del voto que la oposición pudiera acceder al poder en elecciones libres y transparentes, así como la masiva migración salvadoreña hacia nuestra patria, vista como válvula de escape ante la imposibilidad de acceder a la tierra en su país de origen.
El cese del fuego dio inicio a un distanciamiento entre ambos pueblos, los que poseen mayores similitudes entre los centroamericanos.
Fue el Tratado de Paz firmado en Lima, Perú, con la mediación del expresidente Bustamante y Rivero el que permitió, gradualmente, el restablecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales entre ambos países, al igual que presentar ante la Corte Internacional de Justicia sus respectivos alegatos y posiciones respecto a la controversia limítrofe, terrestre y marítima.
Tal unidad se ha ido erosionando con el transcurso del tiempo y el incremento en las ambiciones de poder y riqueza por parte de políticos inescrupulosos, al punto que se ha alcanzado niveles de polarización que perjudican la convivencia armónica, la estabilidad y gobernabilidad de la nación.
La nación debe reencontrarse a sí misma para retomar la anhelada paz social, el desarrollo humano y el crecimiento económico sostenido.
Caso contrario, la familia hondureña estará cada vez más debilitada, expuesta a designios divisionistas internos y externos que facilitan pretensiones de tipo expansionista a costa de nuestra soberanía e independencia.
Debemos aprender las lecciones del pretérito para no olvidarlas y deducir de las mismas lecciones valederas y aplicables para el presente, por demás incierto.
Fortalecer nuestro sentimiento de identidad, tanto en lo local, regional y nacional, contribuye a nuestra seguridad y defensa.
El estudio de nuestras raíces, los aportes culturales de las distintas etnias, la ruta del honor y la dignidad trazada por nuestros próceres, permiten que la patria esté siempre viva en las mentes, corazones y voluntades de esta y las futuras generaciones. Honduras es una nación multiétnica y pluricultural, lo que enriquece nuestro perfil distintivo e identitario: diversidad dentro de la unidad.