02/01/2026
12:32 AM

Frutos de la guerra

    Las guerras nunca han procedido de decisiones serenas de los estados y de los que los dirigen. Las guerras siempre han sido producto de la desesperación, de la ausencia de argumentos o de la consecución de fines inconfesables. Pueden darse razones, pero son razones que son válidas solo para uno de los bandos enfrentados. Y, a la larga, la guerra por si sola no suele terminar con las supuestas causas de su estallido y más bien las agrava.

    Como siempre ha habido algún punto de la geografía en la que se da un conflicto, interno o entre naciones, se puede afirmar sin temor a equivocarse que los frutos que producen los enfrentamientos bélicos son siempre amargos. ¿Y, cuáles son esos frutos? El primero: dolor y muerte. Una bomba, una ráfaga, no distinguen entre civiles y militares, ancianos, mujeres o niños. En toda guerra hay víctimas inocentes que, en la mayoría de los casos, desconocen las razones reales de la vorágine de violencia en que se ven envueltas. Habría que carecer de sentimientos para no conmoverse ante la imagen de un padre que corre en busca de ayuda con un hijo herido en brazos, o con él ya muerto. Solo una persona sin corazón podría alegrarse ante la angustia que muestra en algún vídeo un rehén o un secuestrado en una campaña militar. Esas muertes significan orfandad, viudez, familias mutiladas y soledad.

    Un segundo fruto es el aumento exponencial del odio entre facciones y grupos. Es difícil que el rencor no anide en el pecho de una madre que ha perdido a su hijo, o en una persona que ha sido testigo del sufrimiento de un ser querido. Y del odio no puede venir nada bueno. El odio ofrece la peor perspectiva para divisar el futuro. El odio busca la aniquilación del oponente, cortarlo de raíz, excluir la existencia del enemigo.

    Son también frutos de la guerra, la escasez, el hambre, la ruina material, la destrucción de infraestructura que ha tomado muchas veces décadas construir, retraso en el progreso, en el desarrollo de las comunidades, falta de servicios básicos, ruina de los sistemas educativos y sanitarios, etc.

    Todo indica que los únicos que se benefician de las guerras son los fabricantes de armas y de ataúdes, y de estos últimos si es que se tiene la oportunidad de dar sepultura al hermano, al hijo, al padre, al esposo, al amigo, al vecino.

    Por algo es que la aspiración por la paz es uno de los sentimientos más nobles que puede anidar en el corazón humano.