29/09/2022
01:40 AM

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Familia y escuela

    Dos columnas bases sobre las que se eleven y desarrollen el sano entramado social donde el ser esté sobre el tener, necesitamos los hondureños comenzar a levantar, pues de lo contrario seguiremos con una historia, disimulada, amañada o aprovechada como la piedra en el camino con tan numerosos tropiezos que se agotan las fuerzas para seguir.

    Familia y escuela, en ese necesario orden existencial, son las fuentes del patriotismo, expresiones y acciones con marca Patria, que necesitamos urgentemente recuperar, no inventar, con esperanza de manera que el fervor patrio, el orgullo de lo nuestro y de los nuestros se fomente diariamente en quienes comienzan a dar los primeros pasos en la vida y amplían su círculo de convivencia natural en la escuela.

    Padres y maestros son los grandes forjadores del futuro que se hace presente desde el momento mismo del nacimiento y se va prolongando con pesada carga o con alas, esto muy escasamente, a medida que pasan los años durante los cuales queda la lección ejemplar en el hogar y en las aulas. Si en la familia al niño se le enseña el respeto, la solidaridad y los deberes, como cumplimiento de la propia dignidad de la persona, no carga para ignorarla o despojarse de ella, se habrán iniciado las dos columnas, el necesario y gran respaldo para la construcción de la personalidad y fuente de comportamiento ciudadanos.

    Pero si la familia no es escuela cómo exigir que la escuela sea familia, sustituto del organismo natural de todo ser viviente. Es imposible. Bien lo dice la sabiduría popular: Genio y figura hasta la sepultura. Genio y figura forjados desde el primer día de vida, pulido y solidificado en las relaciones familiares, en la participación escolar y en la plena integración laboral.

    Y aquí es donde la “burra botó a Genaro”, pues el pesimismo está marcado a flor de piel y son tantas las deficiencias y tan numerosas las necesidades que la palabra “imposible” sigue siendo la gran tentación. Cuando el proselitismo político arde todo es presentado factible, todo en clave de mejoramiento para alcanzar la calidad de vida, la pauta del ser sobre la ambición del tener como sea y cuando sea.

    Y entonces la pobreza, con el rosario de antivalores de arriba abajo, hunde su huella con identidad fácilmente identificable: violencia, corrupción, trata de personas, desempleo, éxodo. Hay que dar vuelta a la página y aunque pueda parecer una tediosa, larga y hasta imposible tarea la supervivencia como nación exige el cambio, desde fuentes primigenias, familia y escuela, no desde cuerpos legales que no cambian personas, sino que las arraigan con más y mayores defectos, en el poder.