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Dolorosa fuga de capital humano

  • Actualizado: 01 marzo 2023 /

    La emigración forzada de jóvenes y familias enteras que buscan un futuro mejor fuera de nuestras fronteras no se detiene. Las caravanas que se marchan a enfrentar un destino incierto y peligros inimaginables siguen saliendo hacia el Norte. Se va mano de obra calificada y brazos que luego hacen falta para la producción de granos básicos, para el corte de café o para la zafra. Algunos dejan incluso sus casas abandonadas, o antes han tenido que marcharse de ellas por miedo a los delincuentes que los han expulsado de barrios y colonias de sus poblaciones de residencia. Los que han podido han ahorrado suficiente o sacado un préstamo para aventurarse a buscar su futuro en Europa, especialmente en España. La lengua común y el relativamente fácil trámite migratorio facilita el trasplante a la madre patria, a donde se trasladan, miembro por miembro, familias enteras. Hoy las comunidades de hondureños compiten en número con las ecuatorianas, peruanas o venezolanas, en algunas zonas de la geografía española.

    Pero no solo la mano de obra calificada ni la de los campesinos que sudan bajo el sol para garantizar la alimentación de casi 10 millones de compatriotas se está yendo del país. Jóvenes procedentes de clase media y media alta buscan con afán la manera de emigrar, de realizar o continuar estudios fuera de Honduras, pensando en no regresar a su tierra sino es para visitar a los que aquí se quedan. Hasta hace un par de generaciones, la mayoría de los hondureños que salían a estudiar fuera, se iban con la idea de regresar y de aportar, con su trabajo, al engrandecimiento de la nación. Ahora las cosas han cambiado, los que se van a Alemania, Inglaterra, Italia, Canadá o los Estados Unidos, por supuesto, consideran que no hay nada por lo que regresar a Honduras; que sería una necedad volver a la inseguridad, a la permanente crisis económica y política, a los pésimos servicios de salud y educación estatales, a tantas vías de comunicación en pésimo estado, y sin que vean posibilidades reales de cambio para bien, sino todo lo contrario.

    Hace falta el esfuerzo enorme, del gobierno, de la empresa privada, de los ciudadanos en general, para evitar esta dolorosa fuga de capital humano. El futuro poco promisorio obliga a muchos padres a aconsejar a sus hijos jóvenes, que, una vez concluyan sus estudios, busquen trabajo y se establezcan lejos de su patria, en lugares en los que, por lo menos la primera generación será y se sentirá extranjera, pero asegurará el porvenir para las siguientes. ¡Qué dolor!