De manera cíclica, en distintos momentos y en diferentes gobiernos, desde la Secretaría de Educación se ha intentado imponer en los centros educativos públicos y privados, proyectos tendientes a formar a los educandos en lo relacionado con el uso de su sexualidad, con el fin primordial de evitar los casos de niñas y adolescentes que resultan embarazadas debido aun inicio precoz de su vida sexual activa.
La intención, sin duda, es buena. Duele ver a cientos, miles en realidad, de niñas, que deberían estar dedicadas a sus estudios y gozando todavía de su infancia, convertidas en madres.
Esta situación no solo afecta su desarrollo psíquico, afectivo y social, sino al de la criatura que crecerá en un contexto, nos guste o no, anómalo. Evidentemente, algo debe hacerse.
Es necesario que tanto las niñas como los niños tengan clara conciencia de lo que sucede en su cuerpo y en su mente en la medida en que se van desarrollando, de las responsabilidades que ese proceso de maduración contrae y de los cuidados que deben tener para evitar un desbordarse de su capacidad generativa, en circunstancias en las que no se poseen las condiciones personales y ni se está en las circunstancias para convertirse en padres o en madres.
Sin embargo, esta educación que no solo debe incluir contenidos anatómicos y biológicos; que no solo debe explicar el funcionamiento de los genitales, sino ser mucho más abarcadora, y debe tener también componentes antropológicos, e, incluso, espirituales, no puede ni debe impartirse a espaldas de las familias.
El tema es tan delicado, tiene unas consecuencias tan graves en la vida de los infantes, que para que la formación que sobre el se dé sea realmente efectivo y logre cumplir con su cometido, debe contar con el visto bueno y el apoyo de los padres de los niños a los que se dirige.
Se argumenta que los padres no poseen los conocimientos ni la formación indispensable para educar a sus propios hijos en la naturaleza y el buen uso de su sexualidad, pero se olvida que tampoco los docentes, que son padres y madres de familia, por cierto, tienen del todo las cosas claras y que tampoco puede asegurarse su rectitud de intención cuando comparte ideas y contenidos de esta naturaleza con sus estudiantes.
Hace falta un diálogo abierto y sincero, como en tantas cosas en este país, para concertar en un asunto tan importante y urgente. Porque la imposición se convertirá en otra fuente de conflicto en una sociedad que ya bastantes tiene. Y en ese diálogo, por supuesto, los padres y madres de familia legítimamente representados, son protagonistas.