El diario The New York Times ha realizado un reportaje investigativo acerca de la coexistencia al interior del régimen cubano de un Estado paralelo al oficial, que se estima controla entre el 40 al 70% de la economía de dicha nación antillana.
Se trata del conglomerado de empresas Gaesa, propietaria de hoteles de lujo, agencias turísticas, control de divisas, bienes raíces, supermercados, bebidas, servicio de internet, fabricación de armamento, inversiones en Panamá.
Sus ingresos no aparecen incluidos en el presupuesto nacional, están exentos de impuestos, son propiedad de la élite militar -el verdadero poder tras de la fachada civil-, encabezada por Raúl Castro y su familia.
En una sociedad cada vez más empobrecida, en la que alimentos, medicinas y otras esencialidades se encuentran todos los días más escasas, agotadas sus últimas reservas de combustibles, la economía se encuentra más paralizada, crece el descontento popular -violentamente reprimido por el régimen-, con una creciente polarización sociopolítica, una minoría castrense privilegiada disfruta de canonjías de diverso tipo que no se filtran al resto de la población, que en número creciente intenta migrar al exterior.
Los logros alcanzados en materia educativa y sanitaria, internacionalmente reconocidos, son cosa del pasado. Actualmente, un marcado retroceso constituye el signo de los tiempos, la evidencia objetiva del agotamiento del paradigma.
Un Estado fallido al borde del colapso, atribuido oficial y exclusivamente al bloqueo económico impuesto por los distintos Gobiernos estadounidenses a partir de 1961, cuando se expropiaron inversiones y empresas de ese país sin recibir compensaciones.
Tal cerco ha sido intensificado por el presidente Trump con el objetivo declarado de acelerar un “cambio de régimen”.
Empero, el Gobierno cubano no admite los múltiples errores y restricciones cometidas que han agravado una situación de suyo en Estado cada vez más crítico a partir del colapso de la Unión Soviética, que otorgaba subsidios anuales al régimen castrista, lo que permitía mantenerlo a flote.
Una sociedad oficialmente sin clases sociales, igualitaria, que inspiró a juventudes latinoamericanas a intentar replicar en sus respectivos países focos guerrilleros, con resultados trágicos, está gobernada por un gobierno bicéfalo, que concentra un porcentaje significativo del producto interno bruto en una casta elitista que goza de privilegios exclusivos, no compartidos con el resto de sus compatriotas, una realidad de sumatoria cero.
Aquella utopía que en sus inicios generó entusiasmos colectivos dentro y fuera de la isla, apoyos y respaldos internacionales, se fue progresivamente diluyendo hasta llegar de manera irreversible a su postrer ocaso.
Ha llegado la hora de un cambio de época, que debe incluir elecciones libres supervisadas por la ONU y la Comunidad Europea, el pluripartidismo, la liberación de la totalidad de los prisioneros políticos como primeros pasos que conduzcan a un sistema genuinamente democrático.
Mientras ello llega a ocurrir, la presente deplorable condición humana de la Perla de las Antillas, la patria del apóstol José Martí, golpea cada vez con mayor intensidad al hermano pueblo cubano.