Claro está que la estabilidad política es un requisito indispensable para el crecimiento económico del país y que, hoy por hoy, hay inversiones en suspenso mientras no se despeje la incógnita sobre quién asumirá la máxima magistratura de la nación y sobre cómo quedará configurada la correlación de fuerzas en el Congreso de la república. Hay también que decir que en muchos sectores existe preocupación sobre lo que pueda suceder en Honduras después del último domingo de noviembre. Desafortunadamente, de 2009 para acá, la conducta de algunos de nuestros políticos ha sembrado la desconfianza en la población, por su falta de madurez y de amor verdadero por este país. La soberbia, la terquedad, la incapacidad de diálogo, el capricho personal o grupal, ha prevalecido por encima de los caros intereses de la nación, y le han causado un daño enorme a la convivencia pacífica y a las relaciones fraternas entre los que aquí vivimos. Y aunque la aspiración de la mayoría de los hondureños es que el 28 de noviembre se viva una auténtica fiesta cívica, no hay certeza sobre las intenciones de personas y partidos ni sobre la sinceridad de sus discursos.
Por lo anterior, buena parte de la responsabilidad para que se pueda desmontar esa falta de confianza en las instituciones y el miedo a lo que pueda sobrevenir para Honduras y para los hondureños después de las elecciones, recae sobre el Consejo Nacional Electoral. En unas circunstancias históricas únicas, muy singulares; en un clima en el que han sobrado las diatribas, las descalificaciones y los insultos, el CNE está obligado a dirigir un proceso diáfano, impoluto, creíble e indubitable. Un proceso cuyos resultados no merezcan más que aplauso de todos y las felicitaciones para los que reciban el favor de las mayorías.
Las elecciones de 2017 dejaron un regusto amargo entre buena parte de la población. Y aunque el pueblo, en su mayoría, optó por la no violencia, no por eso estuvo plenamente de acuerdo con el veredicto final del entonces TSE. Y eso es porque la gente necesita trabajar y vivir en paz y está cansado de la incertidumbre y de la zozobra.
Ojalá que el CNE, acompañado por la sociedad civil, los organismos internacionales y las oenegés locales y de otros países amigos, puedan sentar a los dirigentes de las fuerzas políticas para hacerles ver su responsabilidad de cara a la paz social y a la convivencia fraterna poselectoral. O continuaremos deslizándonos hacia un futuro oscuro y pesimista, en el que todos terminamos por resultar afectados negativamente.