San Pedro Sula, Honduras.
Reza el dicho popular que las desgracias nunca vienen solas y de ello los hondureños tenemos muchas experiencias, pues se precipitan unas sobre otras a punto de asfixiarnos, pero vamos subsistiendo aunque el costo es alto por las improvisaciones obligadas cuando la situación alcanza el nivel de emergencia.
En el área de salud la crisis generalizada ha colocado el sistema en estado agónico con graves repercusiones en la prestación de los servicios hospitalarios, médicos y farmacéuticos que han descendido a niveles ínfimos con alto costo, humano y monetario, para los pacientes y familiares. La corrupción ha permeado las instituciones creando una crisis no vista en la historia del país.
En este ambiente con estructuras sumamente debilitadas y altísima escasez de recursos, la alarma ha comenzado a escucharse en la vecindad con la aparición, en El Salvador y Panamá, del virus chikungunya, sobre el cual los medios habían informado, pero sin percibir eco en el sector oficial y mucho menos en la población, dispuestos únicamente a correr cuando se produzcan los primeros casos sospechosos o, peor, solo cuando se confirme en algún laboratorio clínico de Estados Unidos el diagnóstico dado en nuestro país.
Pero para entonces se habrá reducido el espacio para la prevención y se iniciará un gran despliegue, más de imagen que efectivo, para combatir el zancudo, el mismo del dengue, con la proliferación, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS). “Es una enfermedad que tiene una velocidad de propagación muy rápida”, explica Miguel Aragón, oficial de la OPS en El Salvador, país donde se ha confirmado ya más de 1,200 casos.
“Estamos ante una nueva enfermedad en el país, pero ya estamos actuando para afrontarla”, manifiesta Violeta Menjívar, ministra salvadoreña de Salud. No hay inmunidad, advierte la OPS, pues no se había registrado en la región caso alguno de la enfermedad, cuyo origen data de más de medio siglo en África de donde se extendió a Asia y Europa y más recientemente al Caribe desde donde entró a la región centroamericana.
En nuestro país, donde no se ha confirmado la presencia del virus chikungunya, el riesgo es altísimo, pues no se puede blindar la frontera con los vecinos salvadoreños ni impedir el ingreso por Oriente, pues desde Panamá, donde se han diagnosticado casos, pasará en cadena y se extenderá al resto del istmo.
No se trata de asustar, sino de prepararse, pues a juzgar por informaciones aisladas difundidas, en el área administrativa de Salud y en los hospitales o centros de salud no hay protocolos de prevención y escasean los recursos para mitigar daños, por lo que es necesario actuar con eficacia, honestidad y transparencia para aliviar las penurias de los hondureños ante la amenazante nueva enfermedad: el chikungunya.
Reza el dicho popular que las desgracias nunca vienen solas y de ello los hondureños tenemos muchas experiencias, pues se precipitan unas sobre otras a punto de asfixiarnos, pero vamos subsistiendo aunque el costo es alto por las improvisaciones obligadas cuando la situación alcanza el nivel de emergencia.
En el área de salud la crisis generalizada ha colocado el sistema en estado agónico con graves repercusiones en la prestación de los servicios hospitalarios, médicos y farmacéuticos que han descendido a niveles ínfimos con alto costo, humano y monetario, para los pacientes y familiares. La corrupción ha permeado las instituciones creando una crisis no vista en la historia del país.
En este ambiente con estructuras sumamente debilitadas y altísima escasez de recursos, la alarma ha comenzado a escucharse en la vecindad con la aparición, en El Salvador y Panamá, del virus chikungunya, sobre el cual los medios habían informado, pero sin percibir eco en el sector oficial y mucho menos en la población, dispuestos únicamente a correr cuando se produzcan los primeros casos sospechosos o, peor, solo cuando se confirme en algún laboratorio clínico de Estados Unidos el diagnóstico dado en nuestro país.
Pero para entonces se habrá reducido el espacio para la prevención y se iniciará un gran despliegue, más de imagen que efectivo, para combatir el zancudo, el mismo del dengue, con la proliferación, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS). “Es una enfermedad que tiene una velocidad de propagación muy rápida”, explica Miguel Aragón, oficial de la OPS en El Salvador, país donde se ha confirmado ya más de 1,200 casos.
“Estamos ante una nueva enfermedad en el país, pero ya estamos actuando para afrontarla”, manifiesta Violeta Menjívar, ministra salvadoreña de Salud. No hay inmunidad, advierte la OPS, pues no se había registrado en la región caso alguno de la enfermedad, cuyo origen data de más de medio siglo en África de donde se extendió a Asia y Europa y más recientemente al Caribe desde donde entró a la región centroamericana.
En nuestro país, donde no se ha confirmado la presencia del virus chikungunya, el riesgo es altísimo, pues no se puede blindar la frontera con los vecinos salvadoreños ni impedir el ingreso por Oriente, pues desde Panamá, donde se han diagnosticado casos, pasará en cadena y se extenderá al resto del istmo.
No se trata de asustar, sino de prepararse, pues a juzgar por informaciones aisladas difundidas, en el área administrativa de Salud y en los hospitales o centros de salud no hay protocolos de prevención y escasean los recursos para mitigar daños, por lo que es necesario actuar con eficacia, honestidad y transparencia para aliviar las penurias de los hondureños ante la amenazante nueva enfermedad: el chikungunya.