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Camino a Belén

  • Actualizado: 21 diciembre 2019 /

    La imaginación, esa potencia del alma que no siempre usamos para bien, puede ser, a escasos días para celebrar la Navidad, una excelente aliada para aproximarnos al misterio del nacimiento del Redentor.

    Relatan los evangelios que el emperador romano había convocado a todos los pueblos bajo su autoridad a someterse a un censo. Cada cierto tiempo, Roma quería saber exactamente con cuántos súbditos contaba en sus dilatados territorios que iban de occidente a oriente; desde Britania, la actual Inglaterra, hasta el Asia Menor, la actual Turquía, y, hacia el norte, llegaba hasta la Holanda de hoy y toda la ribera mediterránea de África, en dirección al sur. En el extremo oriental, al que los habitantes del imperio llamaban Mare Nostrum, estaba la provincia de Palestina. Ahí, en un pueblo perdido, pero en el que había tenido origen la dinastía davídica, en Belén, debían censarse los descendientes del legendario rey.

    José, un sencillo carpintero residente, junto con su esposa, en el pueblo de Nazaret, debía, pues, hacer el viaje para cumplir con la orden imperial. El cumplimento de aquel edicto resultaba complicado para José, porque su esposa, María, estaba a punto de dar a luz. De ahí que decidió salir con tiempo suficiente para hacer el camino sin prisas y evitar a ella mayores incomodidades. Seguramente, para facilitar el traslado de María, consiguió el medio más utilizado de la época, un joven jumento, sobre el que la ayudaría a subir, mientras él recorría a pie los kilómetros que separaban a Nazaret de Belén.

    No resulta difícil imaginar la preocupación y los nervios de aquel hombre joven cuando pensaba en el viaje, estadía y retorno en aquellas circunstancias, así como la ilusión de María cada vez que veía más cerca el momento de tener a su hijo entre sus brazos.

    Nosotros, más de dos mil años después, deberíamos hacer el ejercicio mental de imaginar aquel viaje y de ponernos en el lugar de aquellos peculiares personajes. A pocas horas de conmemorar aquel evento histórico que partió en dos el recuento de los años, poco nos debería costar revivir aquel breve, pero enormemente significativo periplo que culminó con la llegada a Belén, la búsqueda inútil de posada y el nacimiento de Jesucristo en una cueva en donde solían guarecerse las bestias domésticas.

    Ese ejercicio nos puede llevar a darle un tinte más espiritual a estas fiestas y a replantearnos la manera de celebrarlas. Hagamos el intento.