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Belén, año primero

  • Actualizado: 24 diciembre 2016 /

    Una tradición firme, que ha superado el paso de los siglos, señala el veinticinco de diciembre como el día en el que en una remota población palestina, en un rincón del Imperio Romano, vino al mundo un pequeño niño que era nada más y nada menos que el mismo Dios hecho hombre. El acontecimiento, central para la historia de la humanidad, se desarrolló de una manera más bien discreta. Solo unos humildes pastores fueron advertidos por un coro angélico de semejante suceso y corrieron presurosos a rendir el culto debido al Hijo de Dios que, envuelto en pañales, estaba custodiado por un pobre carpintero, al que le fue encargado el delicado papel de padre putativo de Jesús, y por una doncella nacida en Nazaret que luego se convertiría en centro de devoción universal gracias a haber sido elegida por la Providencia para concebir virginalmente y luego dar a luz a aquella divina criatura.

    Así, en una noche seguramente fría, en una cueva de los alrededores de Belén, que era el lugar en el que se acostumbraba guardar y alimentar al ganado, Dios vio por primera vez con ojos humanos el mundo que él mismo había creado y que debía redimir a causa de su desobediencia, a causa de su rebeldía.

    La encarnación del Hijo de Dios es un auténtico misterio. En las religiones paganas existían hombres, dioses y semidioses. En este caso el niño es Dios y hombre al mismo tiempo, no medio hombre y medio Dios, sino plenamente hombre y plenamente Dios, hombre perfecto y perfecto Dios. Y nació para recuperar la amistad de Dios con el género humano, para reparar él daño que nuestros primeros padres habían causado a su relación con su Creador, para volver a ser dignos de aspirar a vivir en el cielo. Por eso María, la madre de Jesús por siglos ha sido llamada nueva Eva, porque así como la primera mujer contribuyó al alejamiento del ser humano de Dios, ella contribuyó a su regeneración. María con su fiat mihi secundum verbum tuum reparó el non serviam de Adán y su mujer.

    En Belén comienza de nuevo la historia de la humanidad. Ahí, la Sagrada Familia le da un giro definitivo al destino del hombre. Treinta y tres años después, muy cerca, en Jerusalén, aquel niño convertido en todo un hombre ha de ofrecer su vida para sellar el pacto que permitiría a todos los pueblos del mundo formar parte de la familia de Dios.

    Belén, año primero; el esperado por todas las gentes ha nacido. Vayamos con los pastores a conocerlo y a contemplar al autor del universo hecho niño por amor a nosotros.