Si bien las cifras de contagio, enfermos, hospitalizados y muertes por efecto del covid-19 no golpea a los más jóvenes, sí lo hace el encierro, las restricciones, el alejamiento de la normalidad, el no poder ir a sus escuelas o colegios. Les golpea la incertidumbre, el no saber qué pasará con ellos y con sus familias.

En estos 16 meses, a los jóvenes les ha aumentado la ansiedad y, a un significativo porcentaje, les ha llegado la depresión, ambas secuelas de la cuarentena, pero también de la situación económica en sus hogares y en sus entornos. Un 46% de los jóvenes del mundo—señala la Unicef— reporta tener menos motivación para realizar actividades que normalmente disfrutaba y un 36% se siente menos motivada para hacer las actividades que eran habituales.

Porque, aunque no es el grupo de población más dañado por el virus, los efectos colaterales del covid-19 les ha impactado en su educación, salud y en su rutina, que incluye recreación y ocio, un efecto negativo en dimensiones tan graves que psicólogos, psiquiatras y pediatras han estado elevando, con mayor insistencia, las alertas, por lo que llaman “una pandemia de salud mental” entre los niños y adolescentes.

Estos efectos son mayores cuando los niños y adolescentes pertenecen a hogares vulnerables que, en tiempos de pandemia, se han multiplicado al crecer los niveles de pobreza y extrema pobreza en países como el nuestro, que ya venía padeciendo de graves problemas de desempleo.

La depresión en adolescentes, señalan los especialistas, provoca tristeza y una pérdida de interés en desarrollar diferentes actividades.

Afecta la manera en que el joven se siente, se comporta y piensa, tanto que puede provocarle problemas emocionales y físicos.

Esos cambios en su estado de ánimo, la frustración, el constante enojo que muestran, su inexplicable cansancio, falta de energía o los sentimientos de desesperanza son señales importantes que debemos atender en nuestros hijos en esta etapa de sus vidas, que es decisiva para su salud mental y su futuro.

Y es responsabilidad de padres, maestros, familiares y de las autoridades atenderlos, escucharlos, guiarlos y proveerles de lo necesario para que no lleguen a los extremos de sufrir de depresión. En este punto no basta con devolverlos a la escuela o al colegio.

Asegurémonos de que les estamos escuchando, que son capaces de manejar esos sentimientos de ansiedad o frustración, que no están demasiado abrumados por el encierro. Constatemos si necesitan ayuda.