Mientras disfrutaba de un café con un colega recibimos en nuestros teléfonos la noticia “Masacre en Olancho”. Reflexionamos sobre el impacto de la palabra “masacre”, sin consenso claro sobre cuántas víctimas definen una masacre, pero la palabra genera una imagen intensa y emocional que afecta profundamente nuestra percepción del hecho.
El lenguaje no solo describe los eventos, sino que también moldea nuestras emociones y opiniones. Una palabra, ya sea cuidadosamente seleccionada o manipulativa, puede transformar radicalmente nuestra visión de la realidad.
Esto se evidencia en cómo los políticos usan palabras cargadas para influir en nuestras percepciones. En tiempos de campaña, la clase política es la principal promotora de este tipo de lenguaje, buscando un efecto inmediato y potente en la opinión pública. Frases cargadas de insultos, odio y rencor se han convertido en herramientas de manipulación, y lo peor es que la audiencia, ávida de espectáculo y drama, aplaude estas estrategias, alimentando la división y el conflicto.
Este fenómeno refleja una cultura de adoctrinamiento hacia el enfrentamiento, visible en plataformas como TikTok, donde el lenguaje no educa, sino que incita al conflicto. Desde una palabra hasta un texto completo se construye una narrativa que polariza a la sociedad y socava la convivencia democrática. En este proceso, tanto los emisores como el público se convierten en cómplices de una comunicación que contribuye a la discordia.
La teoría de los falsos recuerdos de la estadounidense Elizabeth Loftus ilustra cómo una simple palabra puede alterar nuestra memoria de los hechos. En su experimento sobre la colisión frontal de vehículos, el uso de la palabra “chocar” en lugar de “colisión” llevó a los participantes a recordar el accidente como más grave. Esto subraya cómo una sola palabra puede crear realidades distorsionadas, fomentando imaginarios colectivos que no reflejan la verdad, sino construcciones diseñadas para causar división y conflicto.
En esta dinámica, Cínico explota las palabras claves para su propio beneficio, mientras Justo busca refinar el mensaje, aunque nunca conecta con la audiencia. Ciudadano queda atrapado en la desinformación, y La Voz reflexiona sobre cómo las palabras equivocadas encuentran eco en quienes prefieren el desacierto.