Las viejas locomotoras de la Tela Railroad Company que forman parte del Museo Ferroviario de El Progreso, Yoro, evocan la época en que se abrían paso rugiendo entre los bananales, unas remolcando hileras de vagones cargados de fruta y otras encabezando el alegre convoy del tren pasajero.

Estas y otras reliquias ferroviarias que también se exhiben en La Ceiba, es lo que queda de las antigüedades en buen estado para recordar las remotas travesías en las que veíamos los barracones por las ventanillas o imaginar las estaciones con sabor a montucas y tamalitos de maíz tierno en las juntas de trenes.

La aventura en aquellos vagones de los diferentes ramales de la extensa red ferroviaria la disfrutaban tanto los pasajeros que iban en cómodos asientos pullman de los coches de primera, como los que preferían los de segunda con bancas de madera por ser más baratos.

El emporio del ferrocarril comenzó a decaer en cuanto este pasó de las manos de las bananeras a las del gobierno como sucede con cualquier institución, por muy exitosa que sea, cuando es politizada o mal administrada. A la quiebra contribuyó el auge que tuvo el rubro del transporte de carga y pasajeros con la pavimentación de las principales carreteras del norte y del litoral atlántico, mientras el ferrocarril continuaba operando con sus viejas máquinas.

Recuerdo que Ramón Villeda Morales, siendo presidente, hizo un intento por modernizar el ferrocarril al adquirir un ferrobús de líneas aerodinámicas que estuvo viajando raudo, por varios años, de San Pedro Sula a Puerto Cortés y viceversa. Ahora forma parte de la huesera de la fenecida institución, que quedó esparcida en toda la zona en donde esta operaba.

Según un análisis de LA PRENSA Premiun, solamente de enero de 2018 a marzo de 2022, lo que queda del Ferrocarril Nacional de Honduras acumuló pérdidas de al menos siete millones de lempiras. Existen muchos planes y proyectos para reactivar el sistema ferroviario, los cuales, considero, no son más que buenas intenciones para tratar de revivir a un muerto. Eso sería como comenzar de cero porque la institución no cuenta más que con los derechos de las vías sin rastro de rieles, por donde pasaban las máquinas.

Lo que queda, entonces, es vender como chatarra los artefactos que no han sido robados por ser muy pesados, como las plataformas para transportar madera, vagones y locomotoras que ya no funcionan, a excepción de aquellas que se exhiben para hacernos recordar la época dorada del tren.