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Trump, vendido al establecimiento

  • Actualizado: 30 mayo 2017 /

¿De qué lado está usted? ¿Está usted con Donald Trump o con los políticos de Washington que quieren echar para atrás su triunfo electoral? ¿Está usted en favor del presidente legítimo de los Estados Unidos o de un “estado profundo” que nadie eligió –burócratas, jueces, ex directores de la FBI, los medios de información– que están empeñados en no dejarlo gobernar? ¿Va usted a permitir que una contrarrevolución de las élites derrumbe a un hombre que llegó a la Casa Blanca precisamente porque el país sabe que esa élite no está capacitada para gobernar?

Así es como algunos conservadores, desde Sean Hannity hasta observadores e intelectuales serios, están enmarcando el debate sobre las crecientes dificultades a las que se enfrenta Donald Trump.

El problema es que ese marco en realidad no se ajusta a los hechos. Sí, claro que hay élites en la política de Estados Unidos. Existe un establecimiento republicano (bueno, más o menos), un conjunto industrial y de medios, así como un consenso bipartidista respecto de ciertos temas sociales y económicos, así como de política exterior. Sí, muchas de esas élites han cometido terribles errores en los últimos 15 años y, al parecer, no han aprendido nada. Sí, Trump ganó en parte porque, a diferencia de Marco Rubio, Jeb Bush y Hillary Clinton, él prometió una nueva síntesis, una alternativa populista en asuntos tanto de política interna como de política exterior.

Pero Trump no está gobernando como populista o como revolucionario, y las continuas crisis que se han sucedido en los primeros cuatro meses de su presidencia en realidad no se deben a que haya resistencia a su agenda de “Estados Unidos primero” o de “drenar el pantano”, por más que insistan en ellos sus solicitudes de donativos.

De hecho, los grupos que unieron su destino al suyo –ex demócratas de clase trabajadora, conservadores que están en contra de la guerra, escépticos del libre comercio, fanáticos anti-inmigrantes que quieren el muro, conservadores religiosos temerosos de perder sus privilegios– lo han visto entablar muy pocas batallas en su nombre.

A los ciudadanos de clase trabajadora les prometió elevar el gasto en infraestructura y un seguro médico mejor que Obamacare. Pero su agenda legislativa contiene los temas republicanos de siempre: recorte del gasto público para pagar la reducción de impuestos para los más ricos. Una y otra vez.

A los críticos del aventurerismo militar estadounidense les prometió acabar con las intervenciones tipo Libia e Irak, reequilibrar las relaciones con Rusia, quizá sacudir un poco la arquitectura de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte. Pero lo que ha hecho básicamente es cederles la política exterior a sus asesores militares (un grupo básicamente miembro del estado profundo. Por así decirlo), lo que significa que hasta ahora, su política exterior se parece a la de Obama, solo que con misiles de crucero y tambores de guerra.

Los conservadores religiosos obtuvieron a Neil Gorsuch, porque él es miembro del grupo interno con pedigrí. Pero no están obteniendo nada más que simbolismos en cuanto a libertad religiosa, pues Trump no quiere meterse en pleitos con el consenso que existe entre la élite respecto de los derechos para los gais y transgénero. Y si revisamos la lista, las cosas no están tan mal para el establecimiento: Planeación Familiar recibió financiamiento en el proyecto de presupuesto, pero no así el muro en la frontera; la promesa de salirse del Tratado Norteamericano de Libre Comercio parece que va a quedar en una insípida renegociación; las declaraciones ocasionales de Trump sobre desmembrar los grandes bancos claramente son pura retórica; no ha renegado del acuerdo con Irán ni de los acuerdos climáticos de París, entre otras muchas promesas olvidadas.

Es posible que Trump siga queriendo hacer algunas de las cosas que prometió en su campaña (su anhelo de distensión con Rusia es palpable) y algunas de ellas podrían llegar a ser realidad (supongo que podría levantarse una estructura tipo cerca en la frontera).

Pero en la mayoría de los temas, la prometida guerra de Trump contra el establecimiento se está malogrando prácticamente desde el primer día.

Así, lo que vemos en sus choques con las instituciones políticas, lo que estamos mirando no es al “estado profundo” tratando de reafirmar su control sobre la política y de echar abajo a un tribuno del pueblo. Si fuera así, yo estaría más del lado de Trump (como vi con buenos ojos el Brexit y tuve argumentos en favor de Marine Le Pen), pues el populismo necesita un asiento en la mesa del poder en Occidente, y la gente que votó por nuestro presidente sí merece un tribuno.

Pero Trump no es ese personaje. Como populista, él es un tigre de papel, demasiado holgazán para averiguar qué políticas debe abanderar y demasiado incompetente y absorto en sí mismo para luchar por ellas.

Así pues, él no está siendo importunado por fugas de información y acusaciones por tratar de convertir al Partido Republicano en un “partido de los trabajadores” (que no es el caso), ni porque esté expulsando a los monederos del templo de la república (no me hagan reír), ni porque esté tomando medidas para reducir el papel de Estados Unidos como gendarme del mundo (no hay ninguna medida a la vista).

No, él está en guerra con las instituciones que lo rodean porque él sistemáticamente se comporta de manera errática, inapropiada, peligrosa y quizá incluso delictiva.

O quizá no. nada de esto quizá haya llegado al nivel de constituir violaciones dignas de juicio político. Pero los conservadores que salen en defensa de Trump deben de reconocer que aquí no hay ninguna “contrarrevolución” de las élites a la que ellos necesiten resistirse, pues para empezar Trump no inició ninguna revolución.

Los conservadores no quieren que Trump los traicione con el establecimiento. Lo entiendo. Pero deben de abrir los ojos: Trump ya los ha estado traicionando a todos.