La Navidad es una festividad muy importante para el cristianismo, pero a la vez para gente no creyente. Porque se ha ido mezclando su carácter religioso con la tradición de convivencia familiar. Es desde el siglo XIX cuando la Navidad empieza a afianzarse con el carácter que tiene hoy, pues en ese siglo se difundió la costumbre de entregar regalos. Y yo les entrego, como anticipo navideño, este regalo. Lleva por título “Cuando la Palabra toma la palabra” de A. Pronzato.
Y he aquí que amanece el día de la justa venganza de Dios. El Señor ha salido de su lugar. Ya no hay salvación. Tendremos que hacer cuentas con Él. Estemos preparados, pues, a aguantar la mirada de este Dios “terrible”.
“Vamos de prisa a Belén”... Es mejor afrontar el juicio cuanto antes. La espera es siempre más angustiosa que cualquier condena.
Se nos ha informado de que Dios “ha salido de su lugar” con la intención de “castigar la culpa de todos los habitantes de la tierra contra Él”. Es inútil escapar. Es mejor presentarse como culpables. Un extraño tribunal, en un extraño ambiente. Y un extraño juez.
“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”.
Esperábamos un juez inexorable. Y ha llegado un niño...
¿No les basta con fastidiar a los hombres que también quieren molestar a Dios? Dios mismo les va a dar una señal: la joven está embarazada, y pronto tendrá un hijo, al que pondrá por nombre Emanuel, es decir, “Dios con nosotros”.
Es verdad, teníamos que saberlo. Cuando Dios pierde la paciencia, nos manda a su hijo. Un niño. Cuando Dios decide acabar con algo, sale de su lugar para convertirse en el Dios-con-nosotros.
¡Este es el Señor que “estraga la tierra”!
La Navidad nos ofrece precisamente esta sorpresa inaudita. El día que esperábamos fuego del cielo “se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con el ser humano” (Tito 3:4).
¡Que les sea de utilidad!