En el reciente encuentro de fútbol de nuestra selección contra EUA fue interesante oír las opiniones de los comentaristas deportivos en el primer tiempo cuando los de casa ejercían cierta hegemonía sobre los visitantes, y las que vertieron en el segundo tiempo, el de la debacle.
Y esa ha sido la historia de la Selección Nacional de fútbol, cuando ganan son dioses y cuando pierden son injuriados. Todo el país opina, todos tienen la verdad, todos conocen la solución. Y esa particularidad se repite en todos los aspectos de la cotidianidad. La creencia que las opiniones que emitimos son veraces, y nos sentimos ofendidos y hasta violentos si alguien las contradice.
Cualquier intento de análisis del desempeño humano tiene una gran posibilidad de error. Esto porque la medición parte desde nuestra opinión subjetiva que no es imparcial nunca. Tiene sesgo siempre.
Sesgo implica unilateralidad, que no es neutral. Que está relacionado con el prejuicio y la intuicion.
Los sesgos cognitivos distorsionan nuestra percepción de la realidad.
Las personas desarrollan sesgos hacia o en contra de un individuo, grupos étnicos, identidades sexuales, de género, deportes, religiones, partidos políticos, clases sociales, etc.
Las opiniones sobre cualquier tema serán sesgadas siempre porque representan una manera personal de ver las cosas. Aceptamos cualquier opinión que concuerde con nuestros prejuicios y despreciamos cualquier aseveración que contradiga nuestro criterio. Y nos ofenden si nos dicen sesgados.
El sesgo es el peor obstáculo para la verdad. Es la raíz del fanatismo y la violencia social.
El mejor ejemplo del sesgo está en el ambiente político. Allí se pierde el límite entre el prejuicio y la lógica. Allí no hay verdad.
Nuestras opiniones probablemente no tengan importancia para los demás, porque cada quien tiene la suya y esa es la que le importa. Por eso debemos entender que no son necesarias siempre, que nos podemos quedar callados, que el planeta seguirá girando si nos abstenemos de opinar, máxime si decimos tonteras o generamos caos y discordia. Se requiere un gran nivel de tolerancia y cultura para que los miembros de las sociedades encuentren puntos comunes. Entender que nunca estarán de acuerdo en la mayoría de los asuntos, pero aprovechar aquellos en los que sí lo están, y avanzar en el sentido del buen común. Amarrar el ego y liberar la lógica.
Aquí somos 9 millones que creemos ser dueños de la verdad y de allí nadie nos mueve. Incultos y sesgados. Pésima combinación.
Un día no muy lejano le metemos fuego a la casa.