22/05/2024
04:54 PM

Sacarle el jugo a estos días

Roger Martínez

Seguramente, en este mes de diciembre o en los primeros días de enero de 2024, haremos un alto en nuestra actividad laboral y nos tomaremos unos días de vacaciones. Unos días indispensables para poner entre paréntesis las ordinarias obligaciones y preocupaciones, y para descansar tanto el cuerpo como la mente. En estos períodos de cambio de actividad podemos correr el riesgo de dejar pasar los días sin que nos enteremos de su transcurso, sin que los aprovechemos inteligentemente y sin que realmente les saquemos el jugo, sin que los exprimamos.

Y, aunque pueda sonar a lugar común, a tópico gastado, pienso que una de las maneras de aprovechar mejor estos días en los que abandonaremos temporalmente la rutina diaria, es potenciando la comunicación en la familia.

Recordemos que la comunicación humana tiene básicamente dos objetivos: motivar la acción y resolver problemas. Y todos los días habrá que emprender nuevos proyectos y, por supuesto, enfrentar dificultades de diversa índole.

Comunicar, por supuesto, no consiste solo en hablar, en echarle un sermoncillo al cónyuge o a los hijos tofos los días, y a abundar en regañinas y reclamos. Comunicar consiste, sobre todo, en escuchar; en estar atentos a las necesidades, sobre todo afectivas, de los demás, y en convertirnos en receptores atentos de los mensajes, no siempre verbales, que los demás buscan hacernos llegar.

Un buen comunicador es una persona que sabe mirarnos a los ojos mientras le hablamos. Es horrible estar hablando con alguien que parece distraído o que vuelve la mirada hacia todos los sitios menos hacia la nuestra. Ese sencillo hecho nos lleva a pensar que no hay interés en lo que decimos o que estamos haciendo “disparos al aire”.

Luego, es fundamental respetar el tiempo del otro. No vale interrumpirlo para adelantar juicios o para argumentar en contra de lo que se nos dice o para hacernos pasar por adivinos de los pensamientos ajenos. Se debe guardar silencio hasta que el otro dar por concluido su discurso, no antes, y hasta que el interlocutor solicita retroalimentación o respuesta.

La escucha exige atención total. No debemos cometer el error de, en vez de escuchar, dedicarnos a elaborar respuestas por anticipado, porque acabamos por escucharnos a nosotros mismos y no a quien nos habla. Y, finalmente, debemos hacer el esfuerzo de sintonizar con los sentimientos del otro. Solo así seremos capaces de interpretar sus mensajes, de interiorizarlos y de convertirnos en receptores adecuados. Probemos a aprender a escuchar como se debe y veremos como se genera un clima familiar más armónico y comprensivo.