18/04/2024
12:54 AM

Ricardo Flores, exquisito ciudadano

Juan Ramón Martínez

Si hay cosa que Ricardo Flores no dudó en sus últimos momentos es que escribiría este artículo para honrar sus ejecutorias, su trato exquisito, su refinado estilo de servicio, discreción y respetuoso cuidado por la verdad.

Porque si algo caracterizó su vida fue la mesura, la obediencia de la ley y el respeto por la descripción de la realidad sometida a la verdad.

Lo conocí desde cuando trabajaba en LA PRENSA. Desde el principio nos unió una espontánea amistad. Facilitó las cosas el hecho de que fuera primo de una de mis mejores y logradas relaciones de mis años estudiantiles. Misma que, alternativamente, se mantuvo hasta que esta falleciera en La Ceiba, donde residía. Y, en el último servicio que Ricardo Flores le dio al país, en la celebración del Bicentenario de la Independencia, concurrimos los dos y trabajamos, intensamente, tratando de hacer las cosas de lo mejor y con las limitaciones de recursos, ante las que no hubo otra que ingeniárnosla. Ayudó mucho con sus contactos diplomáticos y con sus amistades en el país y fuera de él.

Mucho de lo que se pudo hacer se debe a su dedicación e inteligencia. Porque hay que decirlo, además de la disciplinada dedicación a sus tareas, Ricardo Flores fue un hombre muy bien formado y con hábil manejo de la información.

En estos últimos años en que he incursionado en el análisis internacional en Canal 10, siempre se mantuvo atento, dándome los detalles que me hacían falta o corrigiéndome, con exquisita educación, cuando me faltó, en la improvisación oral, la precisión de una fecha o el nombre de un personaje, me los proporcionó en forma inmediata y generosa. Y en su vocación como historiador, no podía ser menos. En las últimas semanas de su vida, mantuvimos algunas diferencias sobre algunas interpretaciones que hice sobre el gobierno de Julio Lozano. Cuando necesité un dato de San Pedro Sula o un contacto con Alberto García Marder, que reside en Madrid, me los dio inmediatamente. Y cuando me enredé en las relaciones de parentesco entre las familias de San Pedro Sula, le consulté o leí su “Biografía incompleta” que, con un nombre engañoso, disimula la prolijidad de su autor, el profesionalismo suyo que, nunca concedió espacios a la imprecisión o a la falsedad.

Desde hace algunos años, no puedo precisar la fecha, me habló de su enfermedad, con discreción y naturalidad. Y cuando requirió de algunos datos que mi memoria retiene, me los pidió. Pero, siempre que quiso hablar conmigo, me escribió antes, solicitando el permiso para hacerlo; es decir que siempre usó su exquisita educación en el trato incluso con sus amigos, entre los cuales me incluyo. A Honduras la sirvió con natural desenvoltura. En la Cancillería dejó su impronta y cordial presencia de servicio.

Los embajadores acreditados en el país siempre tuvieron en Ricardo Flores al atento interlocutor que les resolvió sus interrogantes. Y en Madrid, en donde sirviera, fortaleció amistades y relaciones que incluso ahora me consta que perduran. Méritos que la embajada de España en Tegucigalpa, le honrara y reconociera al hacerlo caballero de la Orden de Isabel La Católica.

Marianela Canales, su sobrina, desde Panamá, me informó de su fallecimiento. A sus funerales no pude asistir porque coincidieron con las honras fúnebres que le rendimos en Olanchito, a Santos Funes Canales, el esposo de nuestra hermana. Por ello, aprovecho este artículo para hacerle llegar nuestras condolencias a sus familiares y en general a sus amistades, compartiendo con ellos el orgullo de haber gozado la amistad con un hondureño exquisito y cordial que, honró a Honduras y a los hondureños.

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