Revolución, “mesianismo” y libertad

La crisis en Cuba y el reciente acercamiento con Estados Unidos reavivan el debate sobre el legado de la revolución encabezada por Fidel Castro y el futuro político de la isla

El director de la CIA se reunió con funcionarios del Gobierno cubano. Creí que era un bulo, un invento, un chisme. La brutalidad de las fotografías no deja duda.

Pero si algunos radicales se negaran a la verdad, el Gobierno cubano informó que había aceptado una donación de 100 millones de dólares de Estados Unidos, con las que espera paliar la parálisis que tiene la Universidad Central cerrada; los colegios y las escuelas sin operar; los hogares sin servicio eléctrico por más de 20 horas; la falta de productos en los mercados y la preferencia por la comida enlatada porque no se echa a perder, ya que no hay energía eléctrica durante largos períodos.

Lo único que todavía funciona en Cuba es el aparato de seguridad que controla la ciudadanía, dispuesto a reprimir a los que se atrevan a salir a la calle a protestar.

Hasta ahora, las protestas han sido mínimas. Los cubanos están acostumbrados a obedecer. Han construido la creencia de que no hay que darle al régimen excusas para mover su músculo y mantenerse activo. No importa el honor. Obedecen.

Con alegría vimos triunfar la revolución del 1 de enero de 1959. Fuimos testigos de cómo Castro, que no dirigía el grupo más fuerte que había provocado junto a otros enemigos de Batista la caída del régimen, aprovechó la oportunidad.

Carismático, mesiánico estuvo dispuesto a eliminar a sus rivales, cosa que logró con escrupulosa habilidad.

En 1961, cuando la invasión en Bahía de Cochinos, aceptamos como natural que una revolución popular derrotara una invasión apoyada a medias por los Estados Unidos que se resistía a aceptar un gobierno comunista a 80 millas de su territorio.

Castro hizo de Bahía de Cochinos una feria. Cobró por prisioneros -Santiago Bambú pidió y recibió auxilios de sus amigos- y puso a la venta la libertad de los mismos.

No anticipamos que aquel triunfo militar, sin duda, era el principio del fin de la revolución -que pasó de medio a fin-, para producir un régimen autoritario, fosilizado y emocionalmente dependiente.

Vuelto una sola cosa con Fidel, el mesías inmóvil e inconfundible. Su único redentor.

El fin no fue felicidad y el bienestar del pueblo, sino que la defensa “religiosa” de la revolución de Fidel. El medio se transformó en fin. Había que hacer todo para garantizar su existencia.

La libertad se puso al servicio de la revolución. Se justificó la dictadura. Se animó la ferocidad de los Estados Unidos y la dependencia de los cubanos.

Fidel entregó todo a cambio de ayuda de la Unión Soviética y el pueblo entró por la ruta de la dependencia, a sobrevivir gracias a la generosidad internacional.

La ayuda de la URSS fue noble y a manos llenas. Cuando desapareció en 1989, Cuba se quedó sin padrino.

Fue Chávez el que entró al trapo, dándole el apoyo correspondiente. Continuó la dependencia del Gobierno y del pueblo cubano.

Ahora, la “revolución” arrodillada y el pueblo espantado quieren que Estados Unidos les apoye a cambio de que no les toque al fetiche litúrgico que siendo medio y que Fidel -el “mesías”- elevó a finalidad: la revolución que ahoga la iniciativa individual y convierte al Gobierno en dueño de todo.

Para salvar la revolución todo vale. En 1959 creíamos que la revolución iba a salvar a la nación. Ahora es al revés.

El cambio entre fines y medios: la renuncia de la libertad y la aceptación de la dependencia como sacrificio para defender la “revolución” y al “mesías” tiene de rodillas al pueblo, que otra vez, como en 1898, aceptará que los gringos salven su país.

Para crear la II república “fidelista”.

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